26 jun 2011

Rollos matutinos 51

Pajaritos y pajarracos


Como siempre. Ya te he dicho. El Tiempo ha vuelto a arrollarme. Hace tiempo pensé escribir sobre los vencejos que se iban. Fue cuando les hice la foto, en el atardecer de la última luna llena del verano desde mi terraza. Antes, muchas más veces había pensado que tenía que escribir sobre esa conexión que veía en mi cabeza entre ellos, y los estorninos y otros pájaros que vuelan en bandas sincronizadas en el aire del barranco como bancos de peces en el agua. Porque algo importante se me antoja que tiene esa similitud para no sé qué comprensión del Universo. Cuando contemplo desde la profundidad atmosférica de mi terraza, por otra parte altísima sobre el nivel del mar, esa curiosa simetría aéreo-acuática que tiene nuestro espacio. Pero ellos además son, junto con las estáticas chicharras, el chirrido volante del calor, y cuando cada año llegan poco después de las golondrinas siempre me emociona la alegría irreversible de su ruido y me digo, ahora. Porque me pone a mí contento que lleguen emigrantes tan inquietos y ruidosos. Después, cuando me quiero dar cuenta ya es pleno verano y nada he escrito, y está tan lleno el ambiente de su chirriar que ni siquiera echa uno cuenta de ellos ni del estío que se pasa. Luego un día huele de pronto a otoño y te das cuenta que han callado y les buscas en el cielo y ya no están, y tú tampoco has escrito está vez sobre lo que te gusta tenerlos viviendo en el techo de tu casa. Hoy sin embargo ha sido en la ciudad donde me han emocionado. A esa hora de la tarde achicharrante en que la gente sale a pasear ociosa y las tiendas aprovechan para hacer las últimas ganancias antes de cerrar el negocio e irse al nido. De pronto sus chirridos han levantado mi vista hacia el cielo de la calle y ahí estaban ellos, volando justo encima de nosotros, por miles, en maraña revoltosa, escandalosos veloces y rasantes, desde todos los veranos de todas las ciudades de mi vida. Qué íntimamente relacionados están sus figuritas de aviones voraces de mosquitos con el calor que agita nuestros devenires. Ellos son seres aéreos, sin embargo. Y sólo bajan a las puntas de la Tierra el tiempo justo, a ocupar los huecos de cornisas y tejados para reproducirse. Luego, una vez adultas, la crías emprenden de una sola vez el vuelo y ya no bajan hasta los dos años para fundar otra familia. Mientras tanto viven a miles de metros de altura. En el aire. Jugando sin descanso a sortear la gravedad. Y allí, planeando sin parar, se dedican, cósmicamente hablando, colgados de sus alas, a lo mismo que nosotros atados a la tierra por la planta de los pies: comen, cagan, duermen, follan… Palman… y se comen el coco elaborando, con los datos que les dan sus resortes sensoriales, el incierto conocimiento de la Realidad que necesitan para su evolución de pajaritos.
Los pajarracos sin embargo, aunque también tienen dos patas, no vuelan porque sólo le dan alas a sus necias intenciones. Y sus crías es raro que dejen del todo alguna vez el nido. Bajo la mirada atraído por la idea y veo una plaga de ellos planeando al lado mío a ras del suelo mientras andan. Pero no todos son fáciles de identificar. A primera vista, a veces, muchos pueden pasar inadvertidos en medio de otros tipos de gente. Al principio llegué a pensar que era una especie que siempre estaba en lo alto de la esfera del poder, pero no sólo. Pajarracos hay en todos los niveles y estamentos. Unos resultan más rapaces, otros son más carroñeros. Unos se indignan con el éxito del que nunca se ven hartos y otros se hacen dignos tapando sus vergüenzas con carencias y fracasos. Algunos corren más que vuelan, y son pardos. Como las perdices. Yo no sabría decir cuales me dan más aprensión, si los ricos o los cutres. El pajarraco rico es caro, pero el cutre tiene tela. Sé que sin el cutre el rico se caería. Vistos así, pasándote de lado, puede tener hasta su gracia. Perder un rato cavilando, jugando sin pensar a adivinar mientras paseas, al final del bochorno de la tarde, bajo la acérrima estridencia del volar de los vencejos, quién de los que forman esa humanidad en que te mueves es en realidad un triste pajarito y quién un burdo pajarraco. Aunque es posible que ni los propios dioses sepan. Pero al menos sirve el ejercicio para entretener el Tiempo recreando sobre la marcha miles de historias posibles de todas las calañas, y para enseñar a la imaginación a ser también aérea, y que no baje de atisbar desde ahí arriba nunca, nada más que aquí, al balcón de este sillón con ruedas desmontables del Alcampo, frente al gran vacío del blanco virtual de la pantalla, y sólo el tiempo imprescindible para entretejer los caracteres donde anidar la idea. Y saltar de nuevo al aire donde todo se ve con claridad y nada es explicable.



¿Escrito al final quizás por el recuerdo casual del título de Pasolini?

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