12 abr 2009

Rollos matutinos 19



Sarna con gusto no pica.
Tienen todo el derecho a hacerlo. Eso es lo primero que tengo que decir. Pero yo flipo como un burro en un garaje. Y no puedo dejar de asombrarme de con qué fuerza aflora el gusto masoquilla, presuntamente reprobado en el más hondo substrato del tabú, a la veta cultural más familiar, en cuantito que encuentra un venero a través de la falla religiosa. Buen filón de estos brotes es la santa semana santa, católica, romana y española. Unos hay que se hacen colgar de una cruz a tamaño natural, por no sé que pueblo, no sé si de Segovia. En Perú creo que hasta se hacen clavar las manos con clavos. Otros se hacen las manos polvo dándole en masa a un tambor durante días sin parar. Otros hay en no sé en qué sitio español que se flagelan las espaldas por la calle hasta ponerse hechos unos ecce homo. De estos salió ayer en el telediario cómo les pinchaban con agujas por debajo de los moratones que se hacían para que les drenara la sangre de la inflamación chorreándoles para el culo mientras seguían metiéndose trallazos por las calles. Lo de los que vi ayer en la tele se le llama, Los empalaos. Y tiene tela.
Como casi siempre, estas cosas son cosa de hombres. Y en este caso el morbo consiste en hacerse atar lo más fuertemente posible los brazos a un palo, que en el principio de la tradición, decían, era el del arao, atravesado al cuerpo por detrás de la nuca, con el torso desnudo, empezando el recio atamiento desde la cintura por todo alrededor del cuerpo. Con una cuerda de esparto de unos veinte metros. El resto de la indumentaria es una especie de faldilla larga y amplia y blanca, de un tipo de tejido como de frufrú, y algo así como un velo en la cabeza que en algo me recordaba a un gurka. Y así se echan a hacer un viacrucis por la noche del pueblo de una horilla larga. Lo que no podría decir ahora es si la corona de espinos la llevaban por encima o por debajo de ese velo protector del careto, pero como estamos en el siglo veintiuno y acaba de llegar la banda ancha al Barranco, me meto en Google y le digo empalaos y le pincho en imágenes y, efectivamente, la llevan encima, del velo, que además parece que son de diferente tupidez y hechuras, unos más primorosos que los otros, y que unos llevan y otros no, según gustos supongo. ¿La corona pincha?, preguntó la locutora con una de ellas en la mano y tocando con cuidado un pinchaco de los que tenía. Claro, claro, respondía uno que sin duda era una pieza clave entre los maestros de ceremonia del ritual del rito, Es de un espino que crece por aquí. Será el Espino Blanco ese que está superprotegío, dijo Domingo que estaba viendo el documental conmigo, que aquí no quieren que lo arranquemos cuando arreglamos los caminos y allí mira para qué les vale. Pues no me extrañaría, pero este parece que tiene los pinchos muchísimo más grandes, le contesto yo flipao de ver lo que estoy viendo. Se ven también escenas de cuando los desatan. Jadeos contenidos y prisas. Las manos se les quedan como las de los muertos, explica otro de los que se dedican a la ejecución pericial del montaje, como no corre la sangre..., porque están sólo una hora más o menos que si no... se llegaría a acangrenarse. ¿Las marcas?, pues duran dos o tres días, si no se les hacen llagas, porque las cuerdas hay que apretarlas muy juntas para que no les pellizque carnes porque si les pellizca hacen que el empalao sufra una barbaridad. Explica mientras vemos como desatan los miembros yertos y las carnes laceradas. Después sale en escena un grupo de mujeres maduras. Una dice algo sobre el amor de las madres con relación a la movida. O el de las esposas o las novias, dice también, aunque, aclara, no es lo mismo, porque como el de las madres no puede haber otro (literal), y cuenta lo intenso que es para ella (aunque lo pone en plural) estar al lado del empalamiento de sus hijos limpiándoles, en ese puente de amor incomparable, el sudor de la frente con un pañuelo, que supongo de lujosa fineza preparado con esmero para el caso. Y veo cómo la buena señora se siente realizada como pura virgen madre pero también, dios padre me perdone, con ese carácter de relación, aunque santísima, claramente libidinosa, de María Magdalena y la Verónica. Y veo esa profunda emoción, tan fuerte como ambigua, que le estremece el cuerpo ante las cámaras mientras lo cuenta como si estuviera haciéndolo, y vuelvo a comprobar que, si bien se ha dicho mucho que España es el país de Caín, no es menos cierto que en ser el del Edipo se lleva la palma.
Salieron también testimonios de algunos ya carrozas que se habían estado empalando la vida entera, no sé, uno cuarenta o cincuenta veces me parece. Y me seguiré empalando mientras pueda, decía el tío con fanática firmeza. Y se empalarán sus hijos, le animaba el locutor, ¡mis hijos y mis nietos y los nietos de mis nietos! proclamó machaconamente el adicto a la empalada, seguro de que de eso él se encargaría de que sus nietos se encargaran, confirmándome claramente lo que otras veces te he dicho: que la religión no es otra cosa que la obsesión por religar, o sea reatar, (nunca mejor dicho ni venida la palabra tan al caso), a todo y a todos, incluidos sobre todo a los por venir, con las manías obsesivas propias, que, de otro modo, sin conseguir por esa continuidad laboriosamente conseguida el necesario toque trascendente, se quedarían sin esa fuerza incontestable en lo que son, puras manías obsesivas.
Desde el principio lo de los empalaos me hizo recordar otro documental de ataduras que había visto. Este era en Ginebra, en un salón, oscuro de una casa de una propia que se dedicaba a dar ese tipo de trato a los paganos que se lo pagaban convenientemente. Salió poniéndole a uno hecho una morcilla de atamientos y cordajes en posturas tan forzadas que daba peno verlo. ¡Hummmm!, se le escapó al atado a través de la mordaza en un momento de especial reapretón de la atadura. Ves, explico la experta madame al locutor de la cámara mientras seguía cinchándolo con experta pericia, ahora es cuando está empezando a gozar. Y no sacó pañuelo bordado para secarle la frente, sino que creo que le pegó algún tipo de colleja o le reforzó de un tirón certero aquella traba que le había hecho soltar la sorda queja, pero qué duda cabe de que era la sustancia del amor entre los dos polos del drama, en lo esencial, igual en ambos reportajes. El culto al sufrimiento. Con el lubricio de a dos. Todo un clásico.

Tienen todo el derecho a darse el gusto que les dé. Que quede esto como lo más claro de mi opinión.
Pero advierto que algo va mal en una sociedad si, por convencionalismo, se adorna a uno de estos ejemplos con no sé qué perfúmenes de mística sagrada y al otro se le cubre con cargas de pecado inconfesable. Porque son exactamente lo mismo de lo mismo. Y de tenerlo, tendrían, a trasmitir el gozo de su rollo a los nietos de sus nietos, exactamente, el mismo tipo de orgulloso derecho en ambos casos. O quizás, puesto al revés el silogismo, a mí también me cuadraría más, ningún tipo de derecho en ningún caso.
Se me quedó también el comentario de un viejo vecino del pueblo. No le parecía bien que vinieran turistas a verlos. Antes que no venía nadie se vestían seis, ahora con los turistas se visten sesenta. O sea, que tiene la cosa también un fuerte contenido de voyeur.

Si quieres leer más sobre santas semanas: De pasiones tremebundas y Costaleras. Que hace ya años que los escribí pero que siguen teniendo vigencia plena.

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