3 jun 2011

Rollos matutinos 50


Tengo una España vestida de azul, con su camisita y su canesú…


Otra vez me ha ganado el Tiempo. Siempre acaba arrollándome el Tiempo la actualidad de mis escritos. Seguramente por la incapacidad de mi vagancia. Pero tal vez también porque en el fondo no quiera yo hacerlos inmediatos sino dejarles que fermenten en cosas que tengan otra cosa que la tonta información perecedera. Puede que sea arroyármelos, lo que hace el Tiempo con ellos, y entonces tenga un significado de enriquecimiento del texto con sus lodos, como hacía el Nilo con la inundación de sus tierras ribereñas. También, en mi caso, podría jugar ahora con el doble significado que tiene la palabra enrique-cimiento. En cualquier caso, esta vez me pilló el tsunami de los aconteceres cuando estaba intentando trascribir una visión que había tenido al comparar las noticias de las nuevas plazas moras facebuk, que llenaban libertarias las primeras planas de la prensa queriendo ser el fin de una edad media que todavía existiera, con aquella pequeña y vacía de Tánger en que estuve cuando una maricona suiza con perrito me anunció alarmada la detención de Sadán, ocurrida el día anterior y que yo desconocía. Estaba yo ahí intentando sacar jugosas conclusiones comparando la escena de aquél no tan lejano entonces, varado en la tradición fosilizante, con la de este ahora que empezaba a romper con la autoridad de los santos principios de los diques, cuando llegó de pronto el terremoto de Japón poniéndolo todo patas arriba con su ola destructora y su resaca radioactivizante. Los medios no sabían ya a que atender locos por el revuelo de noticias y ganancias. Yo me dije que venía muy bien el empuje de la Naturaleza para meterlo en ese escrito que escribía dedicado a los maremotos sociales de la Piara, para dar profundidades cósmicas a mis imaginaciones, y en la consecución de esa idea, intentando plasmar lo poco que somos frente al Cosmos, la vanidad de nuestras vanidades, y lo gilipolla y suicida que es nuestro concepto de progreso, me pilló el anuncio de que para parar la pelea de los libios, el mundo occidental se metía a saco en guerra pacifista y había tirado más de cien misiles en los primeros diez minutos de su intervención. Se me seguía escapando el tiempo probando describir los turbios intereses que veía en las buenas intenciones que nos trataban de vender y si no sería para muchos insurgentes peor el remedio que la enfermedad, cuando de pronto saltó al marcador informativo la noticia sorpresa del linchamiento de Osama. Bin. La den. Flipé. De golpe. Con la película. Por un momento deje todo lo otro y me dediqué a plasmar mi asombro en un escrito sobre esa mala copia del guión de El caso Bourne que los altos poderes de mi mundo ofrecían a la pantalla planetaria como algo que tenía que ser espectacular en todos los sentidos. Sin embargo era un plagio barato tan lleno de fallos en el hilo argumental que pronto perdió la credibilidad que toda trama narrativa tiene que tener para que enganche. El flim era malo. Y aunque a los productores no les importaba porque entre el público al que se dirigía estaba funcionando, a mí se me cayó el interés rápidamente. Además empezaban en mi reino unas elecciones que iban a ser las más aburridas de su historia. Encima, cuando pensaba que quizás debería decir algo también a ese respecto, le salió a la campaña electoral un grano en el culo. La verdad es que pequeño, pero alarmante como todo grano persistente en ese sitio. Y de una génesis infecciosa que era, para más inri y más interconexión de la pelota, la misma que las de las revoluciones de las plazas moras que tanto habían celebrado las voces de las agencias oficiales, y que era la idea primera que estaba tratando de desarrollar en mi escrito cuando me lo arrolló el arroyo del Tiempo con tantas novedades: El cabreo facebuk, que amanecía con Sol en las españas. Aunque aquí pillaban de principio algo tan significativo como el nombre de un viejo carca del Sistema que había lanzado en un panfleto betseler la rabia que le da el que le haya salido tan hijoputa el hijo que crió con su política. Gustan de llamarse, pues, indignados. Y a mi de pronto en el momento me producen una mezcla rara de entusiasmo del entretenimiento con el recuerdo dejavú de antaños viscerales parecidos, que dieron después en la cocina estos caldos que ahora nos tenemos que tragar. Sí, me dije de seguida, desde luego es algo que da alegría ver y que no estaría mal que prometiera. Que ojalá prometa. Que quisiera poder creerme que promete que puede al menos prometer. Sería tan hermoso que provocaran de verdad la sorpresa incuestionable que creen que provocan… Nada puede competir con la euforia contagiosa de los sueños colectivos, decían indignados en un cartel de una de sus plazas. Pero la propia imagen que lo dice me habla, más que de júbilos naciendo irresistibles, de algún tipo triste de ilusión quizás ya en el fondo perdida antes de nacer. Y la verdad que encierra la frase que transcribe me lleva otra vez de vuelta a lo que yo escribía sobre las primigenias plazas moras facebuk hace unos días. Porque es verdad. Nada hay más dulcemente vano, cuando existe, que el azúcar de feria de esa euforia. Ese es el gozo arroyador que yo veía correr por las plazas de los moros, allí si que en forma de río impetuoso. Y dejarse arrastrar por sus delicias mientras dure es el único provecho que van a conseguir, decía yo deseando que supieran aprovechar al máximo su efímera delicia. ¿A mi también me gustaría gustar la euforia esa?, pues ni de querer gustarla estoy seguro. Por un lado porque sé que siempre su placer algodonoso se deshace al contacto con la boca. También porque dispongo de las comodidades mínimas, sentado aquí en mi silla desmontable, con ruedas, del Alcampo. Pero es que tampoco tienen las plazas mías el mismo poder de sugestión que aquellas. Aunque con un ideario más sublime y elevado, la euforia que comunican no sale tan a chorro, ni con la misma frescura, ni con el mismo brillo, ni con el mismo empuje. Yo no puedo dejar de ver en ella remakes flojos de corrientes que ya he visto. En las que me tiré a nadar una vez, desnudo y de cabeza. Y no encuentro en su ruido ninguna melodía que parezca nueva de verdad a mis oídos. Por más que a ratos quiera tanto oírla que casi llegue a oírla por un rato. Mucho menos puedo creer que su caudal prometa de verdad llegar a replantar el infecto plantel en que vivimos. Sin embargo, ojalá fuera. Aunque no fuese para nada nuevo ni mejor. Y, bueno, algo sí han hecho con su aparición, aunque sólo haya sido servir de fondo para contrastar el patetismo del retrato que ofrecen los políticos: esos mítines tan caros como muertos, llenos de gente babosa meneando banderitas a guías revenidos con sonrisas complacientes jugando al aburrimiento de hacer creer a una masa de tontos que en caso de ganar van a ser todo lo que nunca han sido. Nunca han aparecido tan ridículos. El otro día pasé por una calle de un pueblo mediano cualquiera. De cada farola colgaba todavía un cartel con una foto de un menda que decía en primer plano con su sonrisa repeinada por un asesor de imagen que podías confiar en él. O que con él qué se yo podías confiar en que pasara. En cualquier caso ya había pasado todo lo que tenía que pasar, y sus fotos tenían aún más ese qué se yo de anacronismo repugnante. Había varios modelos. Con diferentes jetas y partidos. Pero todos exactamente iguales de antiestéticos. Mira que eran cipollos. ¿Cómo podía no darles vergüenza la exposición pública de su profunda cipollez? Qué falta de pudor, pensé con asco. Ser así y dejar colgar tu imagen por todas partes para que todos tuvieran que tragársela. ¿Cómo se atrevían? ¿A quién creían engañar? Sentí vergüenza ajena. Después abstraje y me di cuenta de que como la ristra de los de aquel paseo así eran todos. Daba igual en qué país y en qué pelaje. Pero más susto que ver que había en la vida quien era capaz de no ver la mierda que era hasta ese límite, me dio comprender que ellos sabían muy bien que daba igual saber que van a acabar las efigies de sus jetas rodando cipollas por yermos y cunetas con el viento, hasta que las consuma el sol y las desgaste la fuerza de los elementos, porque siempre hay otros más cipollos que ellos que son los que les van a dar poder y gloria, aunque sea cutre. Y sí, nunca habían lucido tan insulsos y tan rancios. Tan absurdos, tan inservibles y tan insignificantes. Que al contraluz del Sol de estas plazas nuevas. Pero pasa como con los productores de la Operación Jerónimo, el plagio de El caso Bourne, que les da igual la calidad mientras la peli les funcione con su público. Y a algunos les funciona. Mejor que nunca. Al menos por ahora. La mejor frase que he encontrado para pintar la situación ha sido una llamada en el contestador de Siglo XXI, un menda dejó dicho cantarino simplemente: “Tengo una España vestida de azul con su camisita y su canesú”. Y me ha parecido una melodía tan capaz de desarrollar la sinestesia del olor, del tacto, del sabor, del sonido y de la imagen, de lo que nos está cayendo encima que la he puesto de título de esto.

Después, tirando de su hilo conductor he ido devanando el embrollo que tenía en la cabeza.

Y ahora, me voy a colgar corriendo la madeja. Antes que el soplo del Tiempo acabe embrollándomela otra vez por nuevos derroteros.


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6 may 2011

Rollos matutinos 49




Obama1-Osama0


Es increíble. Fue lo primero que me llamó la atención de la noticia, Obama anuncia la muerte de Bin Laden, que me encontré de sopetón en El País Digital al abrir el navegador por la mañana: la euforia que se veía en las fotos de miles de usas festejándolo en la calle. El tipo de euforia, para ser exactos, tan igual a la de los mundiales que el símil no dejó de hacerme guiños y ya seguí leyendo todo lo que se decía sin poderme quitar ese filtro del criterio. ¿Cómo puede ser que una cosa así se viva tan exactamente igual al nacionalismo gilipollas del forofo futbolero? Eso dice mucho. De la clase de elementos que forma la masa. De la clase de masa que forma los elementos que dirigen el cotarro. Quizás también de eso que llaman alma humana. ¿De la estructura atómica del Universo? Lo primero que me transmitió esa euforia fue un sentimiento parecido al miedo. Y que había sido así la cosa quedaba más y más patente cuantas más fotos veía de esas turbas llenas de alborozo. Esa alegría que exalta al individuo aborregando, orgásmica en el fondo colectivo, de sentirse fuerte envuelto en la bandera de un equipo, que esta vez sería el ejército, y victorioso en un juego, que esta vez sería la guerra. Y entonces, claro, descubro que he captado algo esencial, y que, claro, no soy el único en captarlo, porque leo enseguida en el artículo que estoy leyendo, de Barbara Celis y Sandro Pozzi por cierto, corresponsales en Nueva York que habían estado en medio de la fiesta, que ellos vieron, precisamente a Mike McReady, por lo visto el guitarrista de Pearl Jam, entre la multitud de hinchas, lanzando a la red como un líder forofo, con el ipad que mostraba al mundo y a la masa enardecida por encima de la cabeza como una pancarta luminosa, el mensaje consigna que resumía: Obama1-Osama0. Después oí la banda sonora de las imágenes en los vídeos de la tele, que era los gritos machacones de, ¡USA!, ¡USA!, ¡USA!, ¡USA!,… Que dicho suena, ¡u esei! ¡u esei! ¡u esei!,…

Luego, claro, me fijó la atención enseguida la extraña agitación de los hechos que se describían, que eran igualitos a una película del Burne: En un repente inesperado aparecen en la escena de una zona residencial de Abbottabad los helicópteros del comando de élite, asaltan la casa sospechosa y del tiroteo resultan fortuitamente muertos el Bin, de un tiro en la cabeza, dos de sus colaboradores, (¿es uno de ellos el mismo colaborador que decían párrafos antes que le habría denunciado, o es que me he perdido?), y una mujer que nadie sabe todavía quién era. Ninguna baja en el bando de los buenos que se habrían retirado de inmediato echando leches otra vez en helicóptero. Total cuarenta minutos. En seguida, horas después, no se puede calcular muy bien exactamente cuantas pero horas, no muchas, creo que según los relatos no es posible en ningún caso que hayan sido más de doce, se habría lavado el cadáver que se supone que se habrían llevado en el helicóptero con ellos, no se sabe dónde pero sí dejan caer que desde luego con el debido respeto y estrictamente según los untos de los ritos musulmanes por supuesto porque lo usas son la leche de respetuosos para con las religiones en todos los sitios menos en Guantánamo donde tienen coranes para que los creyentes se meen en ellos como tortura sicológica, y se le habría ofrecido el cuerpo a Arabia Saudí, cuna del finado, y al no quererlo estos se habría, y esto lo encuentro de una genialidad expresiva de la hostia, que no tiene mesura ni igual en la Literatura, “enterrado en el mar”. Sí, yo también me quedé así como diciendo, ¿pero…? Pero sí. Enterrado en el mar. En otras versiones, más cercanas a las fuentes de la versión original inglesa, se usó la traducción, “sepultado”, en el mar, eso siempre, y parece ser que querrían decir con eso lo que dicen, aunque eso es lo bueno que tiene la fórmula, no poder saber, sin más, lo que dicen, y nadie aclara que no sea el invento expresivo al final nada más que una forma de hacer más suave la palabra “tirar”, el muerto (nunca más al caso la doble interpretación de esta palabra), previamente lastrado, por alguna borda, o desde algún tipo de nave voladora, al mar (que será seguramente lo que tratan de mediodecir), o sí, lo que también dejaría de entrada la sorprendente expresión abierto a lo posible del entendimiento (por lo menos mientras hay nuevas declaraciones): que hayan hecho un bujero en el lecho marino dándole, si bien peculiarísima, mahometana sepultura, haciéndolo, aunque allí en un sitio del mar del que, desde luego, eso si que dejan bien sobreentendido, ni se ha dado ni se dará nunca a conocer jamás coordenada alguna, en tierra, como manda la coránica escritura.
Todo esto así de corriendo. El caso Burne, ya te digo. Yo lo primero que veo del enterramiento submarino es que, si lo que quieren decir no es que se ha echado el muerto al mar sino que aunque con humedad han cumplido con lo de la tierra… Sería como para flipar eternamente, pero es que además… si no se tenía preparado con mucha antelación… Lleva tiempo, hacen falta máquinas complejas y específicas, no sé si se puede hacer con unos cuantos buzos y unas palas… Porque, ¿es suficientemente mahometano el que se haga somerillo? ¿Cuánto tiempo tiene que garantizarse la terrea cobertura para cubrir el expediente del religioso escrúpulo? No sé pero…

Quizás no es más que un resorte más para urdir el misterio. Porque tampoco hay (al parecer, según deja caer alguna fuente cercanas al equipo ganador, para mostrarlas en su momento con toda oficialidad y garantía de respeto y prueba, otra vez más, de haber cumplido la coránica norma de manejo del embalsamamiento), ni una foto del cuerpo.
Misterio, me digo. En fin, amanecerá dios y medraremos y supongo que pronto nos llenaran el coco de caca informativa hasta que nos den arcadas con el tema. Así que…

Sin embargo, me quedo pensando en aquello que decíamos cuando los tiempos del Aquinoestán, y Dóndestán y Aquítampocoestán, de que en realidad a lo mejor Bin Laden no era ni persona, sino un cromo de los que venían con los bollicaos. Y en el dato biográfico y cierto de que, si alguna vez en verdad fue algo, fue en principio un gran colaborador de USA, dicho u esei, que lo creó para que fuera el que más eficientemente matara lo que fuera necesario matar para su CIA (lo que me lleva otra vez a recordarme a Burne). Detalles que me ayudan a intentar discernirme una idea de entre las diferentes posibilidades de cómo habrá sido la realidad del acontecimiento que, como toda escena sucedida no puede ser más que una (que habrá quedado registrada al instante como una fotografía en el fragor de la Galaxia: lo que ha pasado), pero que para cualquier observador temporal, ajeno al reducidísimo cotarro de actores implicados, no podrá ser jamás sino inaprensible para siempre y por completo.

Mientras los mandatarios con su máquina global informativa nos van moliendo la noticia para ofrecer a la Piara su pienso compuesto preparado, intento en vano adivinar qué coños habrá pasado de verdad. Veo el reguero de pólvora de la noticia recorrer la actualidad del Globo grabándose su sitio en los anales de la Historia. Comparo la fiabilidad de las versiones que tendrá en los libros del futuro el hecho que ahora es presente (y cuya verdad sólo van a poder conocer unos cuantos que saben que de ninguna manera va a llegar a saberlo nadie más) a otros hechos de los que son ya historia añeja y oficial, no pongo ejemplo para que pueda ser cualquiera, repasándomelos en mi imaginación en el momento en que ocurrieron, y compruebo que nunca se puede saber nada de qué fue realmente lo que pasó cuando ha pasado. A pesar de que, cósmicamente hablando, cuando pasan, en el aquí y ahora, los dramas sólo tienen un guión, que es el que se recita en el momento irrepetible de la representación del acto, en el allí y entonces de la recreación sólo es posible la interpretación de las múltiples Historias. Que, todas falsas por definición, siempre serán muchas. Tantas como ojos miren desde el presente el pasado, que empieza en el preciso momento en el que la palabra cruza la barrera de los dientes. Comprendo que nunca sabré al tiempo que se me viene a la cabeza un flas que me ha llamado siempre la atención en la larga historia de este comic: lo limpia que tenía siempre la mirada la caricatura malísima del malo, a pesar de toda la tinta negra que se ha puesto en su diseño. En las escasas viñetas que salía.


P.D. (Post después y unas notas más de lo de mientras tanto y por ahora hay de nuevo)
-Gerónimo. Tiene tela lo de Operación Gerónimo.
Resumen de novedades hasta ahora:
-Al principio: que se había resistido y por eso tuvieron que matarlo. Después: que no estaba armado pero uno se puede resistir sin ellas. Por fin: pues claro que teníamos licencia para matar.
-Lo último: Después de los 40 minutos, habrían dejado atrás, además de unos cuantos muertos, un montoncito de heridos y maniatados, entre ellos varios menores, entre los menores estaría la hija de Bin de 12 años que declara que vio que a su padre lo ejecutaron, in situ. (sobre los menores, se supone que, incluido esta, el comité que se está dedicando en soltar los paquetes de información, ha dejado caer, para que quede claro, que están siendo tratados, en algunas dependencias paquistanís, quizás fuera de norma arquitectónica y de equipamiento para el uso de la infancia, pero por personal suficientemente especializados como para que no tenga que sufrir la mojigatería que impera en la falsa moral de occidente respeto a lo de los niños.
-Hablando de menores caigo en los papeles de wiquiliqui sobre los que tienen encerrados en Guantánamo y me digo sino tendrá que ver esto de cerrar el partido con un Obama1-Osama0 con limpiar el desprestigio del escándalo guantanamero.
-No acabo de tener la idea última, que leo que ya están diciendo que gracias a esas torturas se consiguieron estos éxitos.
-Lo de que si Osama hubiera sido juzgado en vez de linchado le habría dado lugar a cantar cositas sobre su época de líder de la rama musulmana de la CIA, me vuelve a llevar al c aso Burne.
-Y la palabra linchamiento me lleva ahora a aquellas de, “dead or alive”, que soltó el Bush al Universo para que le quedara claro. Eso, que vuelven a dejar claro ahora con lo de Gerónimo, que no es una casualidad porque la casualidad no existe, y que no es sólo marca de una indiofobia innata y subconsciente, sino bandera de un espíritu chulo de conquista que tiene los colores del far west y un código moral, sin duda radicado en la demencia, que sólo busca abrir paso al ímpetu arrollador del Mercado Capitalista. Qué bien lo puso el Kubrik en aquella escena de Dr. Strangelove, con el mayor T.J. “King” Kong, cabalgando sobre la bomba en el más puro estilo Marlboro. En el 1964.
-Lo último que leo es esto: “El Equipo 6 de los Navy Seals, cuya existencia no se reconoce oficialmente, son la élite militar de EE UU”. La descripción de entrenamientos y detalles del secretismo de este “equipo de élite secreto” deja al guión de Burne a las puertas de un juicio por plagio. Otra vez el cine en esta película. Con tanta referencia cinematográfica en el asunto, a lo mejor es hasta normal que la masa global se tome el tema como la peli del sábado que es. Y en este caso la verdad es que hemos visto muchas parecidas, y no se puede decir que sea original en absoluto.

Dejémoslo así. Por ahora.




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Rollos matutinos 48


Anda que el santo...



¡Dios mío! Sí sí, Dios mío, sí, que nunca mejor que ahora para usar esta contradicción involuntaria de clamar a Dios no creyendo en su existencia. Porque si existiera bajaría de sus alturas en casos como estos. A poner tasa a tanta cochinada cometida en su nombre y limpiar las pocilgas de su piara siquiera una mihilla. Así que sí: ¡Dios mío!, ¿cómo es posible que te monten un número como el que te han montao con la beatificación del wojtyla y no bajes de momento a dejar fulminados por lo menos a unos cuantos? Esta es la prueba de que no eres más que una puta quimera. Si existieras tendrías que ser de todos, pero como eres inventado eres del que te inventa. Pero en fin.
A mi la verdad es que me la trae muy floja que lo beatiquifen o lo quitebeafen. Por mí que se den todo lo que quieran a la escatología. Y saquen al muerto de la tumba y lo lleven y lo traigan en el cajón con suntuosas ceremonias, coreografía machista, liturgia rococó, y mitras y sotanas bordadas en barrocos oropeles tan caros como mariquitusos. Si disfrutan… Yo, de pronto… hasta les perdono el dogma de su misoginia, el toque sadomaso de sus gustos, y la doblez de sus hipocresías. Hombre, ya, lo suyo es muy fuerte, porque mira que hacer santo al que, entre otras cosillas por ahí, estuvo bendiciendo al Marcial durante todo su papado con el poder de su Espíritu y el apoyo de su Banca… Pero, mira, oye, ellos sabrán, al final en esta vida… El que esté libre de falsedad que tire la primera piedra. Que salmodien y sahumen y reliquien restos putrefactos lo que quieran. Que lo que de verdad me jode de ellos es la obsesión que tienen de estar siempre jodiendo tratando de imponer lo que tiene que hacer o no hacer uno. No tendré yo el vicio tan feo que ellos tienen. Haya libertad y que cada cual sepa.

Ahora sí, lo que no es de recibo, y es un inri que me inrita cosa mala, es que vayan a esos ritos, en mi nombre y con el dinero de mi Estado, príncipes besamanos a besar las que serán todo lo santas que las hagan oye, que ya digo que en eso no me meto, pero que a mí más que a santidad me huelen a semenánticas resecas, a culpas ancestrales horrorosas, y a tanta turbiedad, que sólo en el blanqueo resplandecen.

Ni es por supuesto tolerable que con ese tipo de chous gigantescos, que pintan igual que un macroconcierto de histórica figura de rock divina y vieja, pretendan ganar audiencia para tratar de tener sobre mi, ni de frente ni de pordebajillo, ningún tipo de derecho de pernada civil. Si no fuera así como es señores, lo vuelvo a decir, no me importaría en absoluto la rancia extravagancia de vuestros akelarres, por muy dudosa que sea la naturaleza de su perversidad. Yo hace tiempo que tengo asumido el derecho al disfrute de cualquier disciplina que sea querida de forma voluntaria. Sin embargo… Es todo lo contrario. Porque está ahí está ahí. Siempre está ahí esa manía que tenéis de andar metiendo vuestra puta inquisición en las vidas ajenas. Y la santificación del wojtyla lejos de ser lo que tenía que ser, cosa chamánica pura y simplemente y punto, no. Es muy otra cosa. Montáis la farsa ya con esas miras. Vosotros siempre sois finos hilando con vuestras devociones telas de araña pegajosas. Y en esta lográis entretejer con vieja maestría la condena eterna a sistemas caídos en desgracia con la glorificación del eterno abuso de sistemas falsamente llamados liberales, y usáis la espuma limpiadora del baño de masas para lavar vergüenzas levantadas por irreverentes, y la ejemplar vida del Santo para enseñarles lo que hay a obispos comunistas y a los que tienen ganas de cambiar el rollo de la iglesia desde dentro. Amén de soñar el sueño de revitalizar la fe (un poco perdida por el hábito del clero de andar echando mano al culo al monaguillo) para ver si es posible poder volver a usarla como cepo de herejes, castigo de costumbres libertinas, martillo del mariconeo seglar y aborto de derechos.
Por otra parte, tiene gracia asistir en presente a la génesis de una santificación tan magna para ver a través de ese espejo, cómo debieron ser las obras y milagros de las santificaciones que hicieron santos a los santos de los dos mil años de santa historia que tenéis, cubiertas ahora con la pátina del tiempo y sus leyendas que todo lo embellece y mistifica. Claro que no hacía falta más descrédito, ya había desmitificación bastante con el proceso de canonización, inconcluso todavía pero espérate y verás, de la Reina llamada la Católica. La muy… iba a decir puta, en nombre de los que mató, pero no, dios me libre de usar esa palabra en honor de tan santa profesión. Pelleja, vamos a llamarla, la muy pelleja. Una santa criatura que formó la inquisición (por cierto también santa desde su denominación de origen) y que quemó, cristianamente vivos, a dios tendría que saber cuantos miles de ciudadanos por el sencillo hecho de parecerle conveniente a su regio antojo y al del Santo Oficio. Amén de, debería saber Dios también, todo lo que en nombre de la cruz hizo su espada allá por las américas. Por eso empecé clamando, ¡Dios mío!, pero mejor lo dejo, porque está demostrado que el de todos… al menos no oye nada, y el de ellos… Lo que hace falta, ¡por Dios!, es que no resucite.

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14 feb 2011

Rollos matutinos 47


A usté ricamente

Austeridad. Es la pólitica palabra que toca soltar ahora en el ágora. En realidad es la misma vaina que aquella del ave implume de aquél bípedo clásico soltando su discurso pedante con el manto de la toga replegado sobre el brazo. Tanto el ágora como la palabra. Poco ha cambiado la esencia de la escena y los actores y el discurso, y desde luego debía de tener razón aquél con aquello de lo de la gallina implume por el cacareo que montan. Austeteteteridáaaa austeteteteridáaaa austeteteteridáaaa... Parece que acaben de poner un huevo sus señorías por ahí en algún nido de paja. El huevo ese que sea en verdad el primigenio del que después salga la gallina ideal dejando para siempre resuelto el insoluble misterio del principio del ciclo reiniciándolo de nuevo. Pero qué va. No hay huevo que valga. No son sino eso. Cacareo de cascarones. Huecos cacareos de yermas gallinas desplumadas, vestidas con corbatas tan caras e inútiles como auto obligatorias, con morro en vez de pico y con las uñas planas de habérselas pillado tantas veces con la tapa de la caja. Bueno, ahora que pienso en las corbatas... una cosa si ha cambiado. Que ahora hay políticas (mejor dicho, y con perdón, hay que evitar anfibologías, políticos hembras, porque políticas de verdad de verdad, ni las tienen los unos ni las otras). Pero eso, como es natural, no ha traído al gallinero si no es más de la misma gallinaza. Austeridad austeridad, proclaman cluecos. Ellos. Y ellas. Austeridad, decía ayer uno del Barranco que era lo que hacía falta y lo que iban a poner los suyos (es de los de los cerdos a los que ahora les toca gruñir por hambre de poder), en cuanto que ganaran, para remediar la crisis en la que estamos metidos por culpa de los otros. Ya está bien de derrochar. Austeridad, abanderaba. En una conversación de esas en las que te ves pillado en una reunión y maldita sea la gracia. Y yo busco mientras oigo su discurso cacaroso qué decirle. Cómo le explico yo las cosas, a él y de paso al Universo, de forma que no quepa ya más seguir artimañando espesuras de vanos argumentos para perder además del tiempo y la vergüenza la Verdad. La iglesia. Sí, mira. Por algo está ahí clavada en medio mitad de la mierdecilla de medina que es el pueblo iluminada con potentes focos en la noche como si la Alhambra fuera y no tuviera coste humano ni ecológico el desperdicio de la electricidad. La miro y pienso en la manía iglesizadora de cuando se construyó y compruebo otra vez la analogía de aquella burbuja de cambio de mezquitas por iglesias que tuvo por aquí el siglo XVI con el hacer y rehacer plazas y aceras del per de ahora, y al tiempo que alucino recreando los perfiles del personal técnico implicado en llevar a cabo la cosa pública de entonces y de hoy, cada uno con su forma especial de zorrería para ver como llevarse al plato el trozo de pastel que le pueda sacar con su currículo al sistema del momento, me digo que qué mejor modelo para conceptuar el Despilfarro que ese. La iglesia. No como institución amante de los niños y esas cosas que ha sido a lo largo de los siglos. No. Yo soy inescandalizable, y esas disipaciones no vienen al caso en estas cuentas. La iglesia como edificio. Como proyecto urbano con el cual. Y, en concreto, el dispendio al cielo que supone su iluminación monumental. Por si fuera poco la exageración del alumbrado de las calles. Porque ya no se trata de alumbrarnos para ver, sino de hacer la guerra a la Noche para acabar con ella por completo. Cualquier puto villorrio reluce prepotente a kilómetros. No queda ya sitio en el campo desde el que no se vea en el cielo nocturno resplandor artificial. Si alguien nos está mirando desde fuera debe de ser impresionante ver la prepotencia con la que tiramos el Planeta por la ventana los terrestres. Sí, qué mejor que la luz doméstica de este ejemplo cotidiano, la iluminación culturalistica de las vulgares iglesias pueblerinas, en regiones como esta en la que no hace tanto no sólo no la había ni en las casas sino que usábase quitarse el hambre con sopapos, para iluminar el rumbo global que tras haberse dedicado a atar con longanizas a los perros cuaja en la Crisis.
Aquí la pusieron los de los cerdos que ahora les toca estar hartos, contrarios a los de los ansiosos de poder del que ahora me venía gruñiendo con la mierda austera pinchada en el palo electoral como bandera de no sé qué argumentos torticeros. Pero en muchos otros sitios han sido los suyos los que gozando de la autoridad de poner se las han puesto. Porque este tipo de gastos a todos conforma en parecer más ricos. Fue unánime el orgasmo emocional de las comadres, llamándose las unas a las otras con fervor desde las terrazas al momento del ocaso el primer día en que se alumbró, ¡Maríaaaaaa!, ¡Maríaaaaa!, ¡mira que boníca ehtá la iglezia!, Azómate veráh, mira, qu’ehtá iluminá ¡t’oa enteríca! ¡Huy! ¡Hu! ¡Ah! ¡Oh!
Por tanto sé que no es éste argumento que vaya a valer para nada con mi interlocutor para interlocutar sobre cómo aplicar austeridades. A pesar de ser la mejor ilustración del mal de fondo del Mar por el que va la Nave. Pero ni este ni ninguno en favor de ningún orden que ordene el gasto de verdad. Porque en realidad nada tiene que ver con lo austero el sentir que él trata de agitarnos. Ni está basada la crítica de su razón en promover mejoras de ningún tipo de servicio, sino sólo en llevarle a usté ricamente a su talego. Y, como en cuanto a poder entre la Piara, la austeridad concreta no sólo no da sino que quita, no hay que ser tonto para saber que nada más lejos de esta banda neoaustera que andar quitando precisamente los gastos tontos que puedan ser golosina de la masa. No obstante se lo suelto, porque es ilustrativo y porque la reacción de su personaje puede servirnos para iluminar la base de la pirámide brutal de desatinos que forma el edificio de la Administración: Y entonces, vosotros, ¿vais a desalumbrar la iglesia y a reducir por fin a la mitad las farolas de las calles?, habría que bajar también la intensidad pasada cierta hora, que ya está bien de andar jodiendo al Planeta con consumos sin razón quitándonos encima la simple felicidad que da la contemplación de las estrellas. Él me mira unos segundos con el gesto torcido y congelao como diciendo, y este puto colgao, que lo que es es además de soplapollas un blasfemo, a qué viene ahora con esto, y enseguida espurrunea no sé cuántas argumentaciones exaltando la irrenunciable tradicionalidad del hecho religioso y el respeto debido a la mayoría de la gente respetable, que son los que trabajan, proclamando qué nunca será poca la luz que se invierta en hacerles la noche menos negra a los que tan putas l’han pasao en toa’su puta vida aunque no salgan jamás de sus casas después de que oscurezca, que la verdadera gente del campo no tiene ninguna necesidad de andar mirando a las estrellas como tontos y que también tienen derecho a las comodidades los que sólo penurrias han tenido, y que hay que ver que siempre tengan que andar los de mi condición jodiendo la marrana en contra del progreso y del desarrollo como si les molestara.
O sea, que, ciertamente, además de para dejar claro que, aunque hace falta ser tonto, sin dilapidación no hay sensación de bienestar que valga, y que no debe de haber muchos como yo, tan tonto como para ser feliz mirando a las estrellas, usar los reflectores de la iglesia de la aldea para contrastar la sombra que proyecta sobre el futuro de la Especie la ininterrupción del crecimiento, me ha servido para dejar a usté ricamente claro que aquí dejar de gastar en tonterías de unos y de otros no lo va a dejar de hacer nadie ni nadie quiere que se deje de gastar precisamente en esa chuminada que le pone, pero que sin embargo, y pese a que hasta que no llegue la hecatombe económica total el gasto tonto va a seguir para el general contento de los pringaos que encima lo pagan y trabajan creyéndose así más felices y realizados, a usté ricamente, y a él y a ti y a ellos y a vosotros y a todo el que no ande listo de escaparse como pueda, sí nos va a tocar jodernos en lo que más nos debería doler, que es trabajar más pero por menos que ayer, y menos pero por más que mañana, para eso.
Lo que por un lado parece irremediable y por otro no está del todo mal para ver si espabilamos.

Por fin me quedo un rato pensando sí plantear a mi interlocutor aquí, aunque sólo sea por ver si es capaz, aunque sea un poco, de pensar que si ha pensado al menos una vez, para ver en toda su mandanga el tema que debate, en la tremenda paradoja que encierra en sí el propio Sistema que habitamos que hace que, si al final se hiciera, o se hiciese, cierto, el milagro del ahorro de no gastar ni hacer más que lo que en verdad fuera o fuese necesario que se hiciera y esto, en lugar de chapucearlo, hacerlo bien hecho y de una vez por todas como es verdad que hace falta que se haga, el paro aumentaría de inmediato en estricta relación proporcional al monto de ahorro conseguido, dejando patente el absurdo de que el no tener que hacer todo ese trabajo innecesario que se hace poniendo los recurso al borde del colapso traería de momento susto y desgracia como para parar el carro. Porque la armonía del Orden Social Establecido, además de ser obra de locos, es como el equilibrio en una bicicleta, que no se puede mantener si no es yendo p’alante sin parar. Y si te paras y no pones el pie te pegas el guarrazo. Y como lo de poner aquí pie que cambie el rollo éste le dejo otra vez a usté ricamente claro que no lo va a poner ni dios porque ni dios está dispuesto a quitarlo del pedal y echarlo a tierra, pues, dado que enfrente desde luego se acaba el camino en el abismo, a lo mejor tiene razón el corral de próceres bípedos que en el agora del ágora a usté ricamente cacarean, porque resulta que en la escena dada sólo queda eso por hacer, cacarear cacareando, como el gallo de Morón, sin haber puesto el huevo, cada vez con menos plumas y con las neuronas propias de su austérica mente.


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19 dic 2010

Rollos matutinos 46



Limtónic


A veces lo hago sin pensar, pero otras veces me recreo en la riqueza que supone. El cortar la rodajita de lima. Para echársela al vaso con la tónica y el hielo. Hace ya mucho que no bebo y ponerme una tónica por las noches me da no sé qué regusto de beber algo que entona, con el clinquirinclin sugerente del hielo contra el cristal del vaso. Y la rodajita de lima, traída con presteza para mí desde algún lejano lugar de Sudamérica, más que darle el toque sibilino de sabor tropical que le da, como que le pone al vaso el punto que necesita, para parecer más copa o lo que sea. Y a veces lo hago sin pensar. Lo de cortar la rodajita. Pero otras me regodeo en el lujo que eso me supone. Y en la energía vital que exige ese traslado. Y me figuro mientras lo hago al malasalariado que ha recogido precisamente ese verde fruto mío en un campo tropical concreto y a todos los que me lo han ido acercando a través de medio planeta, recreándome es sus posibles personajes y los de sus proles y amores y amigos y enemigos engarzados como en una baraja de existencias. La escala abarca todo tipo de clases. Puedo por ejemplo centrarme en los braceros y otros elementos pertenecientes al sector de peones campesinos. El patrón. Los capataces. Al fin, aunque sin duda con ínfulas de mando, tan cutres muertos de hambre como ellos. O en el transportista camionero que atraviese carreteras perdidas por la selvas, quizás también conjugando en su camión mi lima con rollos cocaleros, por qué no, a lo mejor incluso del sector de negocio de la DEA, y con alguna o¿ene?gé de tráfico de armas pacifistas que sirva de perfecto interconector. O en el que carga y descarga las cajas en las grupas de ambos lados. Y así hasta llegar al pobre chaval de empleo precario y futuro en crisis, más perdido que el lucero del alba, que no sabe al despuntar si es de día o de noche, que me lo pone en los estantes del Alcampo. Este último eslabón de la cadena se suele cubrir con autóctonos de barrios periféricos y, cada vez más, con manos de obra baratas de origen emigrante, que llegan hasta aquí importadas por un tubo por el efecto suctor que generan los frutos de las limas y las vainas al abarrotar los mercados de nuestro bienestar, para que en el final no falte quien me las ponga a mano para que yo las coja. De una en una o de a dos como mucho. Porque no es cosa de gastar más que unos céntimos, y las rajas con las que me agasajo son tan finas que con una pieza tengo para un montón de noches y de tónicas. Pero también puedo pensar en los agentes de nivel más alto del reparto de este grupo raptor que consigue traerme encajado al exótico limón que ahora corto en rodajas, desde su cálida rama a mi bien surtido frigorífico. Ese piloto de avión al que le aburre ya estar saltando supersónico siempre encima del mismo océano. O ese accionista de vete a saber donde que ha metido con un clic de ratón su pela sin color en esa actividad de la que sólo sabe su rentabilidad segura, poniendo a vibrar con sus ganas de ganar sin hacer nada el frenesí de cuantos que hace posible la magia de que yo tenga ahora aquí la concreción del cítrico en mis manos, y corte la rodaja y la ponga en la copa sin alcohol dando un poco de gusto sugestivo a mi felicidad en el fondo un poco sosa. Sintiéndome por un instante el más rico del mundo, con toda esa labor currando para mi tonto detallito. Y diciéndome de pronto que tal vez sería interesante poner este flash que me ha dado el corte ácido del redondo objeto de mercado por escrito, por si pudiera tener algún tipo de interés trascendental, o lo que sea, para la cognición global o para su puta madre.

La foto es de un envoltorio de caramelo, de la marca Maoam, que está levantando ampollas en padres europeos que lo tachan de pornografía dirigida a los niños. En fin, tú mismo.

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2 dic 2010

Rollos matutinos 45



Fotografías


Hoy ha sido un día de puta burocracia. La burocracia siempre me resulta puta. La de hoy ha sido en los juzgados, que son un sitio que en lo moral tienen como los hospitales en lo físico ese olor extraño a hez, de lugar poco recomendable para la salud. Por eso tienen esa pátina enfermiza en la tez los médicos y los abogados. En realidad era mi tronco el que tenía que preguntar sobre los trámites del trámite de su nacionalización en el registro civil (dice mucho que esté metido en el mismo saco lo de los registros civiles y la cosa de la judicatura), y yo no he entrado ni siquiera. Me daba pereza tener que pasar el control ese del arco detector de posibles armas terroristas y el escáner mira macutos en busca de lo mismo, que son consustanciales a las puertas de estos sitios. Así que me he quedado fuera esperándole a que él acabara de hacer cola. Siempre están estos malditos sitios plagados de gente que hace cola. Como el mostrador del registro está justo al entrar, y no hay muros opacos que cierren la vista al interior, veía a mi colega desde mi puesto de espera en la entrada. Le quedaba media hora por lo menos. Y a mí más de lo mismo. Así que me he dedicado a hacer fotografías para alegrar el muermo. Sin cámara. La primera ha sido la del guardia civil al lado del escáner y del arco busca armas terroristas. Era un ser anodino y cincuentón vestido con el uniforme verde pardo que todos conocemos, con un aburrimiento encima de los que ya ni siquiera parece que le pesen a uno, pero que en realidad le tenían apagado hasta el tono pardo del uniforme verde. Hay momentos en la vida en los que ya no hay ilusión ni para aburrirse, he constatado. Debía estar ya cerca de la jubilación. Toda una existencia dedicada al cuerpo había pasado por él. No tenía duda de que mejor estar allí que haciendo servicios por las calles. Desde mi puesto podía meter el objetivo de la mirada a lo largo del amplio espacio interior, hasta la entrada a las salas de los juicios que lo cerraban con un par de puertas en la pared del fondo, donde se apelotonaba un pelotón de gente esperando la triste circunstancia de que los jueces dispusieran que era el momento de disponer a ver qué disponían con sus dramas. Aún de lejos se podía oler la angustia nerviosa del momento mezclada con el sopor que siempre tienen las esperas, largas y tensas en asuntos judiciales por definición. Sin embargo, pese al nerviosismo y la inquietud que lógicamente les tenía el culo inquieto, se forzaban en forzarse a estar tranquilos. Sólo cuando en vez en cuando aparecía un ujier en una de las puerta saltaba un revuelo de atención entre la parada espera de los desesperados esperantes. Entonces, los que tenían la orden de pasar al circo justiciero pasaban, y el resto seguía esperando otra vez sumidos en la falsa tranquilidad que trata de imponerse el que sabe que la cosa va pa’largo. Algo pasaba allí que el Tiempo, como el polvo, parecía retenerse por unas leyes físicas sólo vigentes en la particularidad del interior del edificio. Pensé lo que debía de ser trabajar todos los días en ese agujero negro donde ni siquiera la luz de la verdad podía escapar a la gravedad de la justicia y me dio un escalofrío por la espalda. Salió de dentro un grupo, sin duda familiar, que se puso a mi lado y encendieron cigarrillos. Eran tres. Una mujer con pinta de ama de casa de baja economía y alto estrés nervioso, en la segunda mitad de sus cuarenta, y dos en plena juventud pero también de fábrica vulgar. Un tío y una tía. Todos se pusieron a fumar con ansia nicotínica. No se podía saber si eran hijo y nuera o madre y yerno o tía y sobrinos o nada de eso. Pero los lazos de unión debían de ser sin duda familiares. “Ella lo que quiere eh quedarse con la niña, que tiene vintisiete meses y qu’ha sío ella la que la críao- decía la figura materna entre caladas rápidas y ansiosas-, que con el niño no se puede quedá porqu’ha pasao ya cuatro veces por el hospital y no puede ella hacerse cargo de tanto, que eso lo tienen ellos que comprendé. Y eso eh lo que le tenemoh que decí ar jué ahora cuando noh pregunte a nozotroh... que ella con la niña se tiene que quedá, que eh zuya...” Los otros dos fuman y asienten con frases cortas de confirmación la declaración inquebrantable que se están repasando. Al otro lado del amplio soportal de entrada, de estilo lineal y posmoderno, del cúbico edificio de ejecución barata con presupuesto hinchado, y alta escalinata de lado a lado del ancho total de la fachada, salen otros también a fumar y hacer algo que les distraiga un poco para volver a entrar adentro a esperar que les llegue las vistas de sus causas. De esos no me llegan rumores de sus preocupaciones y sus aspectos son tan del montón que ni siquiera impresionan la película de mi imaginación. Poco más hay que observar siquiera. Mi tronco sigue aún esperando su turno y le faltan todavía varios cuerpos para llegar a llegar al mostrador. Hasta el tedio se hace sentir mediocre de repente. Miro desde arriba la placita de la calle a la que da la escalinata, que por su nueva construcción podría ser la de cualquier ciudad de no ser por una callecita que sale a mano derecha y que aún conserva las casas pequeñas que un día formaron el barrio pobre del pueblo pescador. De pronto llega un coche de la policía que aparca al pie del centro de la escalinata. De él se baja de inmediato un maniquí de ultima generación de maderillo, que con movimientos rápidos y uniforme flamante, a medida y replanchado, abre la puerta de atrás para que salga un reo. El chaval es un chulo que se sabe guapo, con el pelo bien cortado a cepillo y aire bueno de malo, que desde que pone el pie en el suelo lo hace con aplomo remarcando dignidad todo lo que puede, paquete y culazo marinero, músculos macizos de curvas suaves en camiseta y vaqueros como guantes, sube la escalinata como un dios esposado con las manos por delante mostrando su presencia tranquilo como en una pasarela, con la cabeza muy alta y un aire indiscutible de desprecio por todo lo que pueda ponerlo en entredicho, al agente le azoga el papel que le toca e intenta trás él apresurarlo con nerviosismo enclenque, pero es el detenido el que en verdad le marca el ritmo de su triunfal entrada como protagonista. Enseguida se ha perdido conducido por las escaleras que llevan al segundo piso, pero su paso ha dejado algo puro como un destello de luz en un charco de lodo. Sería un buen argumento que el juez que lo condena se estuviera haciendo pajas con él la vida entera, mientras que sus hijos estudian en un colegio concertado, religioso y bilingüe, con el dinero que le reporta la actividad que le castiga. Por fin sale mi tronco y dice que no es allí donde hay que hacer la entrega de todo el papelorio, sino en el ayuntamiento del Barranco, que luego ellos se lo mandarán allí. La burocracia es simplemente algo que no puede ser simple por cuestión de reglamento. Salimos y nos vamos camino de la playa. Paramos en un bar que ponen buenas tapas. Nos ponen cuatro pescados de a cuarta con un par de cervezas. En el bar no hay casi nadie. Solo nosotros y un tipo terronero carrocilla y triponcete con cara de haberle dado en su vida mucho al vino, que se está metiendo un campanazo de tinto en copa alta con un plato de callos, repantingado encima de un taburete a mi lado con mucha parsimonia. Está metido en conversación con los dos camareros de la barra, de veintipocos uno y de treinta y algo el otro. El tema era sobre las calles del pueblo. Que no están en condiciones, que tienen muchos agujeros, que no podía ser así tener calidad en el turismo, que hay que ver que no sirven de nada todo el personal de los ayuntamientos. El diálogo es en ese tono en el que las dos partes están totalmente de acuerdo y sólo se habla para añadir más leña a lo que ha dicho el que ha acabado de hablar. El camarero más joven dijo mientras repasaba con energía un trozo de barra con un trapo: "pues el otro día se la tiré bien al alcalde, le dije, ¡hace falta un tanque para andar por las calles!, así se lo solté, sí hombre sí, que piense lo que quiera". Y yo me dije que qué ejemplo tan vivo de ejemplar joven de abundius sumisus operario, siempre tan temerosos de ofender a su destino de humildes servidores. Después siguieron hablando de que todo era una mierda y un engaño, como eso de que a ese, que tenía una paga por algo que tenía en el corazón, le hubieran puesto de protección civil haciendo guardia por las playas. Qué iba a pasar si un día tenía que salvar a alguien que se estuviera ahogando y le daba un ataque a él. Cómo iba a ser eso. Hombre por dios. Además tenía ya más de cincuenta años. Con toda la gente joven que hay en el paro, ponerle a él, en un puesto así, que encima está cobrando por inútil, ¿no es eso una vergüenza? Pues así pasa con todo. Pues eso es. Pues eso. “Pues el otro día- dice el camarero joven-, creo que uno le dijo que cómo podía él estar ahí con tantos años y creo que contestó que eso era igual, que el estaba más fuerte que muchos jóvenes, y eso que está el tío cobrando una pensión.” “Pero cómo va a ser iguá- dice el cliente del vino desde su repantingue, hablando y masticando con pachorra-. ¡Cómo voy a ser igual yo que tú, que tienes la polla to’l día pegá al pecho, que a ca’trallazo que te mete cuando intentas aseparartela te jace un hematoma!” Me sorprendió la palabra hematoma en ese contexto, soltada por una boca tan encallecida. El camarero joven ríe la gracia un poco turbado pero acariciándose secretamente el regocijo de estar en la sazón de la dureza adulada por el tarra picardón. El otro, mientras se rasca y pellizquea con largueza la entrepierna, con mano inconsciente pero precisa y conectada al intelecto, asiente diciendo algo así como que no hay derecho a que le den esos trabajos a gente que no está en condiciones habiendo otros que están hasta que mucho mejor preparaos que él. Al cliente, el aludir al duro objeto productor de hematomas juveniles le ha calentado cierto resorte antiguo en la cabeza y repite la gracia para saborearla una segunda vez, “cómo va a ser. ¿Cómo va a ser lo mimhmo, hombre?, que un chaval de veinte años que la tiene pegá al pecho tol día que no para de jacerse hematomas.” Sí, otra vez con hematomas. Y enseguida, en cuanto que los otros cumplen su papel en la escena con un par de cortos comentarios, lo vuelve a repetir, esta vez poniendo la dureza del pijo en el pecho de su hijo, contando que era como el otro día que iba con él por la calle y un conocido que se encontraron les dijo, estás tan joven como él. “Cómo va a ser- dijo con la boca llena de callos-, Cómo va a ser igual yo que él con veinte años, que tiene el pecho lleno de hematomas y yo... si es que me los hago en algún sitio será en los muslos. Cómo va a ser que me vengan a mí con que...” Y a mí me llamó más la atención la obsesión del tío con el término hematoma, que verle el gustillo que sacaba de soltar por su boca, entre los callos, a todo el que le oyera, el tibio encandilamiento que le producía figurar los perdidos trallazos de esas jóvenes vergas pegadas a los pechos henchidos de potencia semental de forma cuasi dolorosa. Por fin se cortó de seguir con ese palo y cerró la faena del discurso rebañándose lo último del plato de los callos con un migajón de pan y dándonos una explicación de qué era lo que en verdad pasaba en esta vida. “Esto en una piara de guarros- dijo plantando en el lado de su izquierda la copa que había vaciado hacía un momento-. Y esto es otra piara igual que la otra pero en otra cochiquera. Todos los cerdos son iguales- siguió diciendo mientras plantaba al otro lado la copa llena de vino que le acababan de poner-. A estos- dijo señalando a una-, les echan de comer todos los días tres o cuatro veces todo lo que pidan. Pa que lo tengan sobrao. Y a estos otros no les echan na más que si acaso una vez a la semana. Estos están to’l día callandico y no se les siente decir esta boca es mía. Y estos sin embargo están to’l día gruñendo y no se están quietos ni un momento y si un caso llegan hasta a comerse los unos a los otros. Ahora coges y sin cambiar los guarros cambias la política. A estos les hartas de comer y a los otros les dejas a dos velas. ¿Que es lo que pasa? Que los que gruñían se quedan tranquilicos y los que estaban tranquilicos no paran de gruñí. Pues así es to y así son los políticos. No hay más secreto que ese.” Sentenció el tío con todo su cuajo, sin haberse movido un milímetro de su repanchingue en la banqueta.
Los camareros reían la gracia mientras nos cobraban, con un así es sí señor y qué bien clarito que está ahí todo explicao, y nosotros nos fuimos dejándolos allí, en la gran palestra de la filosofía que es el mundo de las barras, espejo gráfico de lo que es la vida, donde cada cual juega como una ficha en el lado que le corresponde, según las sociales circunstancias, y el tipo de hematomas, que el tiempo hijo de puta tenga a bien marcarles en el momento inapelable del destino que es la sucesión del cruce del aquí con el ahora.

La foto es de un tío que encontré por casualidad y que se llama Vladimir Artazov, genial. Busca en la ré verás.

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10 oct 2010

Rollos matutinos 44



Razón social


Estamos hablando sobre los pringues. Después de cenar. Yo y mi tronco. Unos tallarines orientales al wok. Con sus verduras y su poquito de salmón y su salsa tai-hot. Riquísimos. Y entonces, mientras le damos para rematar a un quesito francés con unas tostaditas y un vinito de Navarra tan bueno como barato, digo yo que así nos las dé todas la crisis. Previamente mi compadre me ha contado de que si existen todavía los contratos de trabajo fijos. Yo le he dicho de tirón que en eso hay tal lío que ni dios sabe lo que hay, pero que de fijo, fijo que ya no queda nada. Porque no tengo ni idea del follón que se tienen montado con eso de los cien mil tipos de contratación, pero tengo muy claro que se lo han hecho así de lioso para aumentar la posibilidad de hacer con la gente lo que quieran. Me explica entonces como ejemplo de su duda que el Fermín, que lleva trabajando para el ayuntamiento tres años, no es fijo sin embargo. Porque parece ser hay una coletilla en las estipulaciones que dice que aunque no cierre la empresa, si cambia de actividad, pueden despedir y volver a contratar cuando lo quiera. Ya no existen las indemnizaciones por despido. Dice mi colega. Claro, digo yo, desde hace ya mucho tiempo. Y menos todavía que quieren que existan ahora. En realidad esas cosas están mucho peor que cuando Franco. Entonces él dice que menos mal que él no ha pringao mucho. Y yo le doy un traguillo al vino, que le pega con unas lonchas de lomo a las finas hierbas que me acabo de comer, y le digo que esta tarde precisamente, mientras subía con el coche de la playa, se me ha ido el santo al cielo pensando justamente en eso. En que quizás no habremos hechos grandes cosas en esta vida de la que hemos tirado eso que se dice el tiempo del núcleo productivo como un anillo al agua. Pero que pringar no hemos pringao. Bueno, lo justo, para darse cuenta de lo que es. Por que otros pobrecillos... la mayoría... se han tirado toda la vida en un pringue completo. Para pagar hipotecas y criar cuatro criaturas de las que a lo mejor ni siquiera están contentos de verdad y que van a ser sin ningún lugar a dudas tan pringaos como ellos. Yo no he pringado nunca, dice entonces mi tronco categórico. Bueno, nunca nunca..., digo yo. Nunca, zanja él, tu a lo mejor sí, cuando trabajaste en la fábrica. No, le digo yo, precisamente. Ese tiempo que trabajé en la fábrica allá por los setenta en mi primera juventud son ciertamente los que menos interpreto yo por pringue. Aquello para mí era como una obra de arte. En realidad, aunque currara como los demás en las cadenas de montaje, yo estaba allí en calidad de agitador de masas. Eso no era en absoluto un trabajo para mí. Era todo lo contrario, un proceso creativo y excitante. En el fondo, más dentro de la mierda de la mística pura que de la del mundo de la producción. Sólo al final, cuando con la Transición empezaron esas ilusiones a oler a la pura mierda que eran, fue cuando me sentí currante. Pero sólo fueron seis meses y enseguida lo dejé. Recuerdo con detalle la mañana en que me levante a deshora para ir corriendo como siempre tarde a currar y me miré al espejo y me dije que aquello, levantarme antes de que me lo pidiera el cuerpo, para ir a pringar, no me lo iba a hacer yo más en la vida. Luego lo he tenido que hacer. Claro. Pero todo lo poco que he podido. Se podría decir que aunque el trabajo siempre me ha perseguido yo he corrido más deprisa. Sin embargo, de vez en cuando, me ha cogido algún tiempo entre sus cuernos. Entonces, hemos hablado sobre qué era pringar para uno y para otro. Mi tronco decía que para él quizás la diferencia era cotizar, que en los trabajos negros en que no había cotizado no se sentía que hubiera pringado exactamente. Yo lo tengo claro, pringar es siempre que curras por dinero. Después hemos disertado sobre que hay gente que consigue dinero y que no pringa. Desde luego. Eso es una de las genialidad que me frustra no haber sabido dominar. Y he recordado, mientras le daba un poco de lomo a la gata, que me lo ha pedido exigiendo mi atención con su patita desde su asiento de al lado, una anécdota de Picasso, que un día estaba en un restaurante caro y en una de las mesas unos estudiantes se encontraron con que no podían pagar la cuenta. El responsable del restaurante estaba muy enfadado y entonces Picasso lo llamó. Cogió una servilleta, hizo unos garrapatos y los firmó y se los dio preguntando si eso sería suficiente para pagar la cuenta de la mesa esa. El pringao se fue en la gloria, babeando y haciendo reverencias marchando para atrás con la santificada servilleta en la mano temblorosa. Después hemos conjeturado sobré cómo se debió sentir Picasso de divino y desde qué altura celestial debió de comprender los asuntos del valor humano y de la sustancia de la economía mundial. Y del pringue tan grande de el del restaurante. Que no hay pringue mas profundo que los del borde alto de la clase media, sobre todo si se dedican a currar para las clases altas. Y de la genialidad tan imposible que hubiera supuesto el que el destinatario de la pintada servilleta se hubiera sonado con ella los mocos de momento. Todo un tratado de psicología de mercado, de economía aplicada, y de convención social establecida, nos hemos hecho en un minuto y con cuatro observaciones. Es una maravilla cuando las cosas te enseñan sus secretos con ese desparpajo. Tan sin lugar a dudas, y sin que mate el filo incisivo del análisis ningún interés sectorial en la opinión hiriente, ni nuble la nitidez crítica del ojo puntos de vista de clase de gremio ni de profesión alguna.


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26 sept 2010

Rollos matutinos 43



Fitografía


Un amigo mío se divierte con los foros de la prensa digital, tratando de irritar a los insulsos que hay en ese tipo de debate. Dice que los mejores son los de derechas, porque son los más fáciles de cabrear y los que dan más risa. Y me contaba hace unos días que había escrito en uno de ABC, en el que patriopinachaban con las aprehensiones policiales de marihuana: “Estamosen un mundo en el que los delincuentes campan libremente por la Administración, la gente honrada vive de la economía sumergida, y los jueces y las policías se dedican a perseguir la flora autóctona”.
Y me pareció un tratado del derecho social tan completo que decidí traerlo aquí como microrrelato.
Pero hacía poco también, había estado en casa otro amigo, este francés, que hablando de que los jóvenes de ahora están como perdidos dijo: "Pero cómo no van a estar perplejos la juventud, cómo va a poder decir ningún politician a ningún chaval, ¡hoy!, que no tiene que dedicarse a vender marihuana cuando es una actividad mucho más conveniente y nada contaminante y peligrosa que cualquier cosa de las que le dicen que tiene que hacer, ponerse a gestionar hipotecas, por ejemplo, en un banco".
Y me pareció también un enunciado brillante de la seriedad que hay que tener para analizar la realidad con sensatez.
Y luego ocurre que a veces los acontecimientos se enganchan como si los entretejieran manos que saben lo que hacen. Estaba ahora yo aquí en este punto del texto cuando ha caído en mis entendederas una noticia del periódico local que ni pintada para animarme a seguir tirando de este hilo argumental. Ha ocurrido en mi municipio: Unos lituanos están con unos alicates de corte en la mano al lado de una valla de alambre, ya cortada, que circunda un cortijo, cuando pasa la guardia civil. Los detienen por posible tentativa de robo. Al día siguiente los agentes van al cortijo para hacer una inspección ocular más minuciosa del lugar. Y se encuentran con treinta y nueve plantas de cannabis sativa de dos metros de altas y otras quince más en maceteros. Preguntada la propietaria del cortijo sobre el hecho, declara que son de sus dos hijos, que viven en otra ciudad cercana. Estos son detenidos por un presunto delito contra la salud pública. Y en la misma noticia venía otra igual, en otro municipio cercano, esta referente a 30 plantas, también de dos metros de altura, también con el resultado de arresto del presunto propietario. Lo que variaba era el detalle de que, esta vez el arrestado, cuando vio llegar a los dos coches patrullas de la guardia civil a su invernadero, se puso a gritar hecho una fiera, ¡Aquí no entra ni dios! ¡Habéis venido a por la mariguana, cabrones, pero no os la vais a llevar! A la vez que se ponía a destrozar las plantas a golpes con un hacha, con tanta rabia que se había pegado un hachazo en una pierna y fue lo que facilitó su arresto.
Y llegados aquí, y oyendo de fondo la banda sonora de los juramentos y los mecagoenvuestrasputasmadres de la desesperación del pringao del hacha, te propongo ver un poco más detenidamente la película de la dura cadena existencial de la cannabis sativa y otras yerbas..
Se pueden elegir diferentes argumentos. Puede por ejemplo ser alguno de los que detiene a este pobre hombre, fumeta. O varios. Yo, que no tengo muchos conocidos en el mundo policial sé de más de cuatro maderos que lo son. Y de al menos tres funcionarios de prisiones. Además de un montón de maestros, varios médicos, inspectores de hacienda y de sanidad, y algún que otro miembro, o para ser más exacto, valga la incorrección gramatical en este caso, miembra, de la judicatura ¡Ah, y a una señora consejera de cierta comunidad autónoma, por cierto, conozco yo personalmente, que se vuelve loquita por la hierba! Por tocar sólo el palo que sujeta el gallinero del Estado, que es el que acomete, con su esfuerzo y el dinero de todos, la locura de la fitorrepresión. Entonces puedes entretener tu mente desarrollando el guión personal de cada uno de esos polis, carceleros, abogados, jueces, mandatarios..., que por un lado persiguen el cultivo y por otro pillan la mandanga. Desde el punto de vista literario no tienen ni pizca de originalidad, pero como prueba del carácter del aparato de la Ley, no tienen desperdicio. Puedes ver que entre ellos los hay de todo tipo. Desde los que, encima, ven bien, que las cosas sean como son, hasta los que opinan que habría que ir a la legalización pero se lo callan como putas. Recientemente hemos tenido ejemplos de expresidentes de gobierno y ex directoras generales de planes contra drogas diciendo por to’l morro que lo de la ilegalización es sólo un chollo para los que viven de ella. “Un largo y gloriosos fracaso” ha dicho nuestro Felipe González de esos planes que son los causantes de los hachazos impotentes de nuestro protagonista. “Un instrumento salvaje e ineficaz que no es la solución sino, más bien, una parte importante del problema.” Decía una tal Araceli, expresidenta del Plan Nacional contra la Droga, entre todo un alegato antirrepresivo, que encima usa para quedar como toda una señora intelectual. Mecagoenvuestrasputasmadres, oigo decir al propietario de las treinta plantas mientras las destroza en efigie de las que los parió. Y cuando no erais ex qué hicisteis. Llenar cárceles a cargo del gasto del estado y del aumento de la injusticia en el sistema solar planetario. Y me siento solidario con su indignación. Porque aquí fuma hasta dios pero el marrón le toca a él y a los demás la gloria. Por qué. Por que sí. A lo mejor por Karma. A lo mejor por nacimiento. A lo mejor por casualidad. A lo mejor porque no se sabe por qué tiene que ser así la vida para ser. Que es lo que al final vienen a decir todos esos funcionarios de la maquinaria establecida cuando, después de ejecutar a quién se lo ha criado, se hacen un porrito para relajarse un poco de tanta cosa sería que tienen la responsabilidad de ejecutar y que les cansa y les estresa lo que nadie sabe.
También se puede mirar la versión global del flim. Estados enteros que viven de la droga puestos por los estados que luchan contra ella con el dinero que genera el narcotráfico para ganar el poder de unas mafias contra otras. Millones de personas arrastradas por el torbellino de esa industria. Legiones de legiones de seres empleados de maderos y cuerpos antivicio, y traficas. Desde los del triste ámbito local hasta los del alto standin que inspira las series de la tele. Desde los que tienen treinta plantas en un invernadero, hasta los que mueven los giros de las leyes en los parlamentos. No hay nada más borroso que la línea que separa los buenos de los malos en este conjunto empresarial. Guerras sin fin como las de Colombia, Méjico o Afganistán. Y millones y millones de kilos de mandanga volando de un lado para otro por encima de este lío para abastecer de sobra a los mercados. No hay ningún mercado de droga en el planeta que tenga el más mínimo problema de abastecimiento. Porque en sí este sector no es sino una de las partes más importantes de la producción de bienes comerciables. Y son un mismo destino en lo universal policías y traficas. Pero por si acaso hay alguna diferencia de concepto en los bandos del invento, el dinero no tiene color. Y va todo a parar a la misma Bolsa de Valores. Y allí todo se centrifuga con el ibex y el índice dow jones.
Y a los miles de pringaos, de aquí hasta las antípodas, que les está tocando comerse el marrón al tiempo que a nuestro héroe del hacha, que les jodan. Sin ellos no habría negocio. Ni en el encarecimiento de algo que debería tener el mismo precio que el apio, ni en puestos de trabajo. Ni en la prevención, detención, enjuiciamiento, penitenciaría y reinserción, que tanta clase media alimenta y tanto millón de beneficios mueve. Pensad en un momento, el paro tan grandísimo que dejar esta película traería a la santísima sostenibilidad. Sin embargo, ellos son parte de esa masa honrada que vive de la economía sumergida. Y, si quieres ver la peli en su formato tridimensional para captar toda su locura retorcida, podríamos rizar el rizo de la observación para ver cómo a este sector de pequeños productores tampoco le interesaría en el fondo la legalización, porque entonces no tendría más gracia económica el cultivo de hierba que la que tiene ahora la de otras hortalizas. Y podríamos ver que le tocara acaso, al héroe que ahora maldice su suerte dando hachazos al aire con rabia, verse en la escena de tirar su plantación a un montón de veinte millones de kilos más en una playa, como ya he visto yo hacer con pepinos y tomates, en protesta, porque habían caído los precios por sobreproducción.
Entonces, comprobamos que esta absurda representación humana que se desarrolla en un globo que gira una y otra vez entre el orto y el ocaso, es mucho más loca de lo que parece. Y traigo en primer plano la imagen de la única inocente de la historia, la pobre marijuana, inhiesta de cogollos, hoy destrozada a hachazos y luego detenida, en este capítulo concreto de la larga serie de la criminalización que le ha caído encima de manos de la especie dominante. Precisamente por generar esa toxina aceitosa que genera como defensa de sus predadores. Y al tiempo que comprendo que todo es puta demencia, recuerdo una moraleja que creo que viene de mis tiempos de estudiante ideal para resumir esta consideración: Pero, qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en su mata, viene el hombre y lo arrebata, lo pela lo machaca y lo mete, triturado, en una lata.
Y sin embargo…


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21 sept 2010

Rollos matutinos 42

Espiralidades



En cuanto salgo del pueblo al campo se me abren de golpe todos los horizontes. El físico, con la vista que te llega hasta el otro lado del mar, y el del alma, que conecta con los alcornoques del bosquecillo y los pájaros y los bichos que lo pueblan en un mundo que se presenta como si no tuviera límites. De pronto me siento armónico y conecto con el espacio abierto y el ancho caos del Universo que siempre me recarga de energía. Algo hay en el aire de esa geografía que siempre me positiviza. Se puede comprobar el paso del Sol por el cielo que marca el giro del Planeta. Si quiero, juego a captar los órdenes astrales que ha ido sobreponiendo en el lugar la cadena temporal a lo largo de las eras de su historia. Los plásticos cambios de signos y bosques y cultivos alternándose en una estructura siempre de base cortijera. Aunque parezca que aquí el Tiempo está parado, se mueve con la misma cosmología que en el resto de los sitios. Verlo como en un vídeo acelerado me resulta siempre una maravilla. Luego vuelvo al pueblo y de que entro todo se empieza a hacer pequeño, estrecho, limitado. Y la presión de un molde inexplicable me va obligando a recortar la libre reacción de mis sentidos. La propia ordenación arquitectónica lo hace. El urbanismo de la cashba se basa en usar la estrechez del apelotonamiento para ahorrar esfuerzo constructivo y mantener fresco el férreo simplismo de la tribu familiar frente al infinito abrasador del Cosmos que todo lo relativiza y lo dispersa. Dentro de su demarcación, el Tiempo se lentifica tanto que casi se podría decir que se detiene en una estrechez de miras patológica que trata de prolongarse igual todo lo que pueda. Luego entro en mi casa y todo vuelve a abrirse como en el campo de arriba de la sierra. La presencia de los moldes se queda a la puerta amenazante sin haberme podido encajonar. Dentro no sólo no tienen lugar sino que están abiertas todas las ventanas a los vientos de todos los tiempos y los sitios. Mientras subo la escalera que va a mis aposentos puedo irme paseando por la China de la primera glaciación. O sujetar las normas de mi vida a las de una época en las que la hipocresía aún no se había inventado el horror de la justicia para hacerse con el mando por la fuerza. En esta limitada cantidad de metros cúbicos que habito tengo metidos cualquier mundo posible y es la única patria que, al no tener bandera, puedo reconocer como decente. Ahora aún son más grandes sus confines porque tengo una antenita en la terraza que me tiene conectado a la nube digital. Ah, que sería de mí sin ella ahora. Pero, no sólo de mí. Qué capa de muermo caería sobre nuestra Cultura si se apagara de repente esa tecnología. Sería el principio que acabaría trayendo el imperio de los cinco jinetes del Apocalipsis. Cinco. Porque ahora hay un quinto, el Aburrimiento, que sería el más peor.
Pero de pronto algo me dice, aquí y ahora, en esta habitación evacuatorio donde te escribo a través del emisario de mi ordenador, que estas nuevas ondas influyen en la realidad de forma más compleja de lo que parece. Y me voy por un momento mentalmente a la zona de los techos para echar un vistazo a mi alrededor, y miro y veo que no estoy ya sólo yo en el Barranco en tener una lucera mágica como está a la que ahora tecleo divinamente conectado con todo lo visible e invisible. El Genio de la Lámpara juega del lado del Mercado y está vendiendo su codiciado invento al mayor número posible de postores. Me pongo a contar las ventanas que emiten en la noche la típica fluorescencia del frío paraíso virtual y son ya varias, tal vez más de las que me imagino. Y entonces cobra en mí un sentido distinto esto de la sagrada amplitud de miras que siempre he instalado yo en mis dominios con empeño, pillando aquí y allá lo que me ha parecido interesante. Mi covacha es diferente, sí, porque no solo no admite casillas familiares que impongan raquídeas costumbres de ninguna tradición, ni suciedad alguna de ningún tipo de idea disfrazada de cosa colectiva, sino que busca el detergente de nuevos pensamientos que sirvan para limpiar los rastros de ese tipo de excrecencias y zurraspas. Pero en muchos de estos hogares de la zona, en que antes sólo titilaban por las noches las lamparillas encendidas a las vírgenes de yeso que se llevaban por semanas de una casa a otra en una cajita con vitrina, ahora se agita, quién sabe si todavía al lado de ellas, el seleno resplandor del cristal líquido de las pantallas tefeté. Y pienso en el chorro de información con que cada uno irradia la república independiente de su santísima opinión mientras se las adora, siempre creyendo que lo está haciendo sólo dentro de lo que cree sus gustos ancestrales pero al fin tan expuestos al impacto de cualquier nueva influencia como yo. Qué conmociones estarán creando las películas de la televisión. Qué les dirá Google cuando quizás se pongan, en una hipotética búsqueda atrevida, a preguntar por teta, pis, o culo. O a lo mejor va y lo hace alguno tecleando Coño y acaba teniendo ante los ojos el Chocho peludo de Courbet que encabeza mi texto sobre la primordial palabra hispana. Y entonces resulta que logra meter mi vecino no solo la oreja física, que ya tiene metida en mi vida por analógica proximidad, sino también la digital, en la intimidad extraespacial de mi retrete, después de haberse ido transubstanciado en bits a olisquear hasta a tomar por culo por las ondas del Espacio y volver, desde no sé bien qué centro neurálgico que se llama servidor, a materializarse otra vez a pocos metros de mí, a la velocidad de la luz, con el mensaje que yo mandara aprovechando la deriva virtual, pensando en alguna playa de Orión, metido en la botella de su monitor, ante sus vidriosos ojos.
Y al verres. Porque del mismo modo puedo acabar encontrándome con el suyo metido, yo, en el mío.


La foto está sacada de http://planocreativo.wordpress.com/ , y su aparición es otro ejemplo de la interconexión informativa que lía la informática. Buscando en google imágenes alguna imagen que respondiera a “mundos concéntricos” caí ahí, en esta página que resultó ser no sé si de Jodorowski o de algún ente adorador de él. Bueno, la foto me hizo tilín para el tilán que buscaba. Y el Jodorowsky... Bueno, es diferente, desde luego, dentro de toda esa basca que anda en el mercado de la autoayudería, en su caso juntada con la magia lo psico, la cultura, y el morro a lo genial. Porque algo tiene de genial en el morro que le echa, al modo más estrictamente daliniano. Yo he leído poco de él, partes salteadas de un libro que se titulaba no sé que de la realidad. Me hicieron gracia cosas, pero sobre todo un cita que tenía de introducción. Decía más o menos: “Algún día llegaremos a entender que la ciencia no es sino una especie de variedad de la fantasía, una especialidad de la misma, con todas las ventajas y peligros que la especialidad comporta.” Era de El libro de Ello, de un tal Groddeck que al parecer fue el médico de Bismarck. Y ahí me tienes ahora intentando buscar el libro del menda, a ser posible por el morro. Lo que te digo, espiralidades.



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20 jul 2010

Rollos matutinos 41



Yo soy el que vigila el juego de los...

Del durante y del después de la final
Sudáfrica 2010 II
(el I está más abajo)


Pues al final fui a ver la Final. Sobre todo porque un amigo alemán llegó ese día a casa y me hizo ver que por qué no iba a ir a verla. Fuimos a uno de los tres bares del Barranco. Todos son grandes abrevaderos de la etilicosofía. Elegimos el que tiene un panorama más abierto, tanto al paisaje en sí como al perfil de personajes que pueblan la comarca. Claro está, no éramos muchos. Contando el camarero, quince machos, dos hembras y un bebé. De ellos, siete u ocho veinteañeros, dos o tres en la treintena, tres o cuatro en los cuarenta, y tres cincuentones. Doce españoles (tres de los jóvenes eran del pueblo de al lado y estaban sentaditos juntos y detrás), un alemán, un ruso y un francosuizo. Dos técnicos titulados y los demás cada uno con su titulación en buscarse la vida sin titulaciones. El titulado se había dedicado a pintar banderitas en algunas caras. No todos se habían dejado y algunos de los pintados no estaban del todo relajados con el peso de la marca. Dos tenían puesta la camiseta de la Roja, pero sólo uno de ellos era auténtico representante de ese tipo de hincha berreante. Este estuvo todo el rato comiéndose la tele, de plasma panorámico, dando puñetazos en la barra y berreando cosas como, ¡Ha sio roha, ha sio roha, que coño amarilla, eso ha sio roha! Excepto el titulado, que también mostraba tendencias al berreo pero que reprimía por un cierto tipo de decoro, los demás no parecían estar muy por la faena de alterarse demasiado. Se comían pipas, se bebía cerveza, se zampaban tapas. Uno de los jóvenes tenía una corneta horrorosa de esas que son típica en las hordas de forofos. De vez en cuando la tocaba pero no lo hizo demasiadas veces. El partido fue pasando más bien sin demasiada euforia de no ser por el berreoso, que no paraba y era como para haberle dao un estacazo en la cabeza. Cuando el gol, él y dos más nos hicieron el show de los saltos abrazados y del ¡GOOOOOLL GOOOOOLLL GOLGOLGOLGOLGOLGOOOOOL GOOOOllll!, con toda su parafernalia y su coreografía pero tampoco tanto tiempo. Y cuando se acabó el tiempo de juego nos hicieron lo de Campeones campeones, oe oe oe también muy completo con todas sus escenas y proclamas y canciones pero tampoco demasiado largo. Pero el resto no se puede decir que se volvieran locos. Sobre todo los tres del otro pueblo, que se estaban comiendo unos bocatas desageraos y que no perdieron ni bocado ni atención en darle al mordisco que le estaban dando, ni cuando el gol, ni cuando la victoria. Y eso fue todo.
Yo la verdad es que no sé si quería que ganara uno o otro. Por lógica me daba exactamente igual, pero me tiene un poco harto el rollo de las banderitas y todo eso que te contaba entre finales, y sabía que ese rollo macareno del mercado de la patriotización iba a ser peor si se ganaba. En cualquier caso lo que más me interesaba era ver los aspectos sociológicos de la movida. La publicidad que se ponía, por ejemplo. Hiundai, visa, cocacola, adidas, iberdrola... Me llamó la atención el que uno de los primeros anuncios inmediatamente después de la victoria fuera uno de una crema, ¡para hombres!, antiacumulación de grasa en el abdomen. Siguiendo a este vino uno, de mucha calidad de producción, de un chicle, que me hizo pensar en la cantidad tan grandísima de dinero que se tenían que estar haciendo con el eurito a eurito que pillaban de la masa de masticadores. Y es que lo masivo es siempre negocio, y nada más masivo que el Mundial. Y es que la Economía es por un lado pura mística de valores cada vez más indescifrable, pero por otro sigue siendo el mismo contar habas contadas de toda la vida. Ver el partido, donde sea, trae consigo una cantidad contablemente exacta del aumento del consumo, no sólo en lo grande, de los vuelos, de la ocupación hotelera, del gasto de los viajes de la alta y media esfera, que es en realidad a nivel global lo menos importante. Están sobre todo las masivas menudencias, lo de que si birras y cubatas o cervezas sin alcohol para ver los partidos en casa o en el bar, que si pipas, que si patatas fritas, que si snacks, que si porros y rayitas, que si esto para durante y lo otro después pa celebrar..., el va y viene de esto y de lo otro, por todo el mundo, que supone una consumición que arroja cifras exactas de dinero que si pudiéramos tener conocimiento de ellas íbamos a alucinar. Están también las chuminadas, las banderas, las bufandas, las bragas, cinturones, calcetines, camisetas, llaveros, ceniceros, pegatinas...
El fútbol vende y ha habido desde ofertas de devolución de los importes de las teles de plasma gigantescas, compradas en los meses del mundial, hasta bancos que te daban el doble de interés por un tipo de imposición de capital si ganaba la selección de tu país. Zapatero confesó que se le habían saltado las lágrimas cuando sonó el pitido que marcaba la victoria, y en su caso no era para menos. Dicen los expertos que esto trae un aumento del PIB y que no es chico. Que si crecimiento del turismo, que si reflejo económico de la imagen de España ante el mundo mundial, que si ingresos por hacienda por el monto de las primas y de la publicidad relacionada con la Roja, que si aumento del consumo por la euforia de la población que se relaja y gasta más, que si parte de la colada de la inmensa lavadora de alguna manera con la victoria queda en casa. Así que todos contentos. Los fachas reveníos porque Españia Españia. El gobierno porque el espíritu de la selección es fiel reflejo de la aportación de la España moderna y plural a la cultura universal y todo eso. Los de la izquierda porque también les mueve por ahí por los fondillos la cosa nacional que al parecer es lacra tan raquídea que no deja a nadie intacto por completo. La masa, por la orgiástica ocasión de balitar gozosa en una peña unida.
Más puntos de vista para mirar el Mundial: es fácil imaginar lo que sintieron los jugadores, uniendo, en ese instante de gloria, lo impagable de sentirse dioses allí en medio de aquel soberbio altar de la tecnología humana atestado de adoradores rugiendo chorros de energía colectiva, de la que ellos eran a la vez polo causante y receptor, con el vil placer de la materialidad de los 600.000 euritos de prima por cabeza, que es una mierda comparado con lo que les va a caer a lo largo de unos años por sueldos a su fama y royaltis por el uso de su éxito. Pero imaginemos cómo ha sentido el ego, por ejemplo..., el arquitecto creador del superestadio que ha dado cabida al evento. O cada una de los miles de putas internacionales que han ido a hacer su apaño con el acontecimiento. Y los grandes accionistas que han logrado llevar a sus albercas el grueso del chorro de dinero. También los diferentes drogotraficantes grandes y pequeños, cada uno con su historieta particular e intransferible para pillar lo que pudieran poniendo su granito tan ilegal como imprescindible. Ese mismo tipo de historieta pero mirado con los ojos de uno de los 41.000 policías que ha aumentado Sudáfrica durante los partidos. El trapicha normal y variopinto que ha aprovechado la ocasión para hacer negocio, vendiendo helados, bocatas, o recuerdos africanos, tallados en falsas maderas protegidas, o con fotos incrustadas de Mandela. O el cura holandés que hizo una misa en su parroquia para que ganara la Naranja y que le cayó la negra al ser destituido porque si algo la iglesia no consiente es que se ande uniendo su dios a perdedores. También se podrían sacar cachondas conclusiones comparando los distintos tipos de mundial del niño de la zona euro y el de un poblado africano que juega al lado de la choza a colar penaltis entre dos palos clavados en el polvo, descalzo y con una piedra gorda más o menos redonda. Luego se puede uno parar a ver los casos de la mediocridad mediana, esos millones de mediana clase, mediano sueldo, mediana felicidad, mediana inteligencia, mediana capacidad de discernir las cosas, que nunca sacan de verdad los pies del plato y que son los que en verdad llenan las calles. Aunque no te lo aconsejo, no son todos iguales como de entrada parecen, y hay incluso algunos atractivos, pero al final son mundos iguales de aburridos.
Y desde luego, hay que mirarlo con los ojos del famoso pulpo. Paul. El adivino. Cómo no. Que desde la pecera de un acuario alemán nos ha dado, cósmicamente hablando, una medida exacta de la sandez humana, que es tan grande que hasta puede llegar a tener un cierto tipo tonto de sosa gracia. ¿Se le dará la libertad como se ha dicho? ¿Será vendido a un rico excéntrico para ser comido como el más exclusivo y caro pulpo a la gallega del planeta? He leído que el zoo de Madrid quería traérselo, pero que en Alemania han dicho que no, porque es la principal atracción del suyo, y que se ha convertido en algo así como el famoso delfín Flipper. Mi amigo alemán me cuenta que su fama ha extendido enormemente el interés alemán por el pulpo, por el que antes no tenían ningún gusto gastronómico y que ahora es el reclamo de moda del menú de todos los restaurantes. Su popularidad ha traído la ruina a los de su especie. Así es como funciona el Universo.

Por fin la algarabía patrifultbera como cualquier otra ha pasado. Pero veo ese montón de trapos bicolores ahora guardados por las casas esperando latentes la ocasión para ondear por algo. Si están en el cajón es más fácil que salgan. Y por ahí va lo que no me gusta de la historia. Me lo confirma oír a un nacionalista virulento del canal de Intereconomía en un debate, poseso de patrio sentimientos, soltando entre perdigones: ¡hemos superado por fin nuestro complejo, hemos descubierto el gozo de disfrutar de nuestros símbolos, de nuestra identidad, de nuestra bandera, de sentirnos orgullosos de ser... Y así hasta que cambié de canal lo más rápido que pude, dejando en las ondas el paquete de su opinión ferviente sin esperar a que cerrara el signo de admiración de su proclama. Sin embargo, también ha dado casualmente la ocasión causalidad de verse envuelta la Nacional Enseña con otro tipo de paquetes mucho más cojonudos, como el de la foto de El País, pasando a ser pendón también de un orgullo diferente, de ambiente más sano, más noble, más jocoso, menos fariseo y muchísimo más alegre y divertido, que la ha mezclado desde con el abanico de color republicano, y el toro pata negra de cartón, hasta con la revolución de usarla para enseñar bikinis con dos sexos en un body. Lo que la ha desagraviado un poco del rollo chungo que siempre le ha marcado con firmeza la sombra de las flechas del yugo de seguir, ¡firmes!, el caminar del Sol sobre un mar de leches y coronas poco claras entre columnas de Plus Ultras que aún están bajo el espectro del negro pajarraco de la una grande y libre, que por figurar figura hasta en el ejemplar firmado de la Constitución. También ha sido un alivio para ese tufo de triunfo nacional la continua muestra de frescura de los chavales de la Selección, como cuando su portavoz, que alzando la Copa para empezar el chow de la celebración gritó, ¡esto lo ha ganado este equipo de cabrones, que son los mejores colegas del mundo, aunque a veces les gusta mucho dar por culo! Fardando alegremente ante Madrid, ante todas las españas y ante el mundo entero, de lo contentos que estamos los españoles con nuestra lengua sucia. Sí, por una vez está bien dicho todos, porque en esto, al contrario que con las banderas y esas polladas de colores, el consenso es total, y los que dicen que ellos no, son, además de malhablados mentirosos. Porque aquí hasta el Rey se identifica con las palabrotas. Y..., por cierto, otra cosa que ha dejado patente este mundial es que está más chungo de lo que nos dicen. ¿Se acercará la coronación del Príncipe y la Gacetillera? Porque esa va a ser otra buena ocasión de hacer observaciones sociológicas.

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Rollos matutinos 40




Yo soy el que vigila el juego de los niños

Escrito entre finales
Sudáfrica 2010 I



No es que no me guste. El fútbol. Que no me gusta nada. Es sobre todo que veo como se cuece en sus altares un rollo raro que no es que me parezca malo, es que es algo así como la madre del malrollopadre de todos los malrollos del tinglado social este. Sí. El caldo ligero que hincha el alma del forofo futbolero tiene los mismos ingredientes que el brebaje espeso que alimenta la fe que enquista y aglutina la unión tribal y enardece los patriotismos y da testarudez a las religiosidades. Y son también los mismos chefs los que lo guisan y el mismo tipo de chamán el que los administra con la misma cuchara. Hoy día, encima, al igual que los paraísos fiscales son imprescindibles para que el capital pueda cumplir sus funciones económicas sin remilgos racistas de colores, la capitalización del fútbol es el mejor detergente para la sagrada lavadora que limpia fija y da blancor al dinero que se ensucia de currar en los mercados naturales que mueven el Sistema. Y, al mismo tiempo que transforma deportivamente las feas manchas de la humana praxis en olor de multitudes a gloria olímpica divina, consigue que adeptos y devotos olviden sus desgracias felices en la euforia de ser muchos siendo así y que, al mismo tiempo que están entretenidos se enorgullezcan de ser un grano más en el magnífico molino que les muele, aflojen la pasta sin sentir y se sientan parte de una masa hasta el delirio colectivo. Todo son ventajas. El fútbol se ha hecho el conductor perfecto para conectar el consumo de los consumidores con la gestión de Estado y Mafia, los dos bornes de la dorada pila que alimenta y eleva el resplandor de toda democracia, desarrollada o emergente. Sus partidos venden más banderas patriotas que cualquier grupo político, para contento de quién guste del sabor nacionalista y gloria de moros y de chinos, que son los que las venden y producen. Y con la animación de sus ligas consigue que ese espécimen mayoritario que no sabe muy bien ni para qué está aquí tenga la referencia mística de unión al carro que merece. Yo soy del equipo. Porque es el mío y yo soy del. Y este cliché de comunión con la afición al grupo es de esos valores que se pasan machaconamente de padres a hijos, de que dejan de mearse en los pañales, sobre todo si son machos, porque el fútbol es el ultimo veterano que sigue siendo, casi tanto como la eucaristía católica y más aún que la política, cosa de hombres. Tanto que en ese género profundo de desigualdad ni siquiera se plantea mirar ningún ministerio de igualdades. A veces, ese gusto por el fútbol no se logra de forma natural sino que hay que conseguirlo con determinación. Todos lo tienen, yo no puedo ser menos porque entonces algo hay que no encaja. Y entonces uno se lanza a adquirir esa pasión cueste lo que cueste. Marcos, el Jabatrueno, fue el primer caso, de estos, que yo conocí. Teníamos diez o doce años allá por los sesenta en una ciudad pequeña de la castilla franquista y, junto con Alfonso, éramos los tres colegas que más tiempo pasábamos juntos por el barrio. Jugábamos a las guerras y a las pelis y él alucinaba sintiéndose el Capitán trueno o el Jabato. Y un día cuando íbamos paseando los dos para el parque con nuestros pantaloncillos cortos, recuerdo que me iba soltando de corrido la musiquilla de las alineaciones de no sé que equipos, como para fardar de conocimientos futboleros y hacerse un autoexamen de su forofía aprovechando que yo era de fiar, yo le conté que a mí el fútbol es que me parecía una tontería que lo único asombroso que tenía para mí era esa embriaguez general absurda que ponía a la gente seria a hacer el ridículo sin que al parecer se dieran cuenta.
-Y a mí tampoco me gustaba- me confesó muy seriamente-, a ver qué te crees tú. Pero eso no lo puedes hacer. El fútbol te tiene que gustar ¿No ves que a todos los tíos les gusta? Sólo a las niñas no les gusta. Hazme caso, si no te gusta vas a tener problemas. Es muy fácil. Tú empieza por aprenderte las alineaciones y luego escucha lo que dicen. Con el tiempo te llega hasta a gustar, ya verás. Mira yo ya me sé todas las de todos los equipos de primera. Pregúntame, pregúntame verás.
Y se puso a hacer regates con un balón imaginario al tiempo que recitaba saltarín la cantinela de las alineaciones mientras seguíamos caminando por la calle hacia el parque, con una madurez tan fría que a mí me dio hasta que un poco de miedo. Por él, por la penitencia tan grandísima que se había echado encima. Porque por mí, ya sabía yo que mi destino era ser raro, y no sólo por ese interés inadecuado que empezaba a notar por las patas peludas de los tíos, que, por otra parte, estaba seguro de que no guardaba relación alguna con que me gustara o no ese deporte por el que todo se estaba empeñando en que llegara a ser fenómeno social completamente incuestionable.
Poco después caí en la cuenta de la forma tan particular que había elegido Alfonso para salvar el problema que en verdad suponía el que no te gustara el fútbol. Él, que tenía además ademanes demasiado finos. Proclamaba continuamente que lo que a él le gustaba era el baloncesto, y que además era un fororo empedernido del Club de Baloncesto del Ferrol. Sí, de Galicia. Allí, en aquella ciudad mesetaria todavía casi sin televisión, que no sabía siquiera si existía algo más allá del río que la circundaba. Se tiraba la vida quejándose de que no encontraba gente para formar equipo. Así que no tenía que jugar.
Luego fui dejando de verlos, después me fui y nos perdimos por completo. Cuando tenía yo ya veintitantos y en un barco de vuelta de Marruecos me encontré con otro tío de aquél mundo, que no veía casi desde entonces. Nos reconocimos y empezamos a recordar aquellos lugares comunes en los que él seguía viviendo ¿Te acuerdas del Jabatrueno?, me preguntó, pues se suicidó. Estaba hecho polvo, se quedó colgao. El caso es que no parece que fumara ni se pusiera de na, pero se quedó colgao con los comics, tío. Vivía como en un comics. Al final no hacía otra cosa que leer comics sin salir de casa. Se quedó colgao. ¿Te acuerdas que su madre era divorciada y vivía solo con ella?, Claro, menudo escándalo era eso entonces, Pues se murió la madre y él se suicidó.

No pretendo deducir que fuera el reajuste de la homologación lo que desequilibrara al Jabatrueno. Pero empeñarse en normalizar nuestra conducta no trae nunca nada bueno y siempre tiene serios efectos secundarios. La gente se busca la identidad grupal cargándose de marcas colectivas y son legión los que lo hacen con el fútbol. Aunque parece fácil, esta normalización es muchas veces una pesadilla de autoterapia conductista sorda, que por secreta es aún más dura y cruel. Por eso son tantos los que se pasan la vida repitiendo como loros las cuatro frases hechas de los comentaristas deportivos en las conversaciones obligadas acerca del partido, con ese énfasis absurdo y cabezón con el que creen dejar bien demostrado que además de fanáticos entienden de lo que hay que entender y que lo único que deja al descubierto es la falta total de convicción y de conocimiento. Todos son igual en su simpleza, como si estuvieran lobotomizados por el mismo bisturí. ¡El balón era de Martín, lo que pasa es que Perico hizo falta aposta para evitar el gol, eso lo vio to’l mundo menos el árbitro, pero el balón era de Martín!
Claro que algo tiene el balompié que lo hará tan atractivo para quién le guste. Estaría bueno que no tuviera nada. Como algo tienen que tener las guerras cuando van a ellas tantos voluntarios. Todo eso del juego de equipo y de la táctica y la estrategia y de la geometría aplicada en la competición y de la emoción del juego y la fuerza y la destreza del atleta prototipo, que hoy día usa su imagen metrosexualizada por los medios para vender de todo. La unión extática en el shock sacramental que produce el subidón de adrenalina de millares de cuerpos apretados en una arquitectura gigantesca, erigida como templo para el caso por la mejor ingeniería de la Humanidad, en el momento del gol. Pero a mí... No es solo que no me ponga nada de eso. Que no me pone nada. Es que lo que más me salta a la vista en el montaje que envuelve al simple juego es ese rollo malo que te digo que es el malrollopadre madre de todos los mal rollos, y que está tan presente en la intríngulis de todo su tinglado que, aunque me gustara en sí ese deporte y llegara con él al frenesí que al parecer casi todo el mundo del rebaño llega, si dejara de verlo sería, francamente, gilipollas.

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