Yo llegué a Berlín tres años después de la caída. Aún se notaba la enorme cicatriz enteramente. Siempre sabías si estabas en el Este o el Oeste y eso pasaba a veces sólo con cambiar de acera. No paraba de flipar. Viví primero en Wedding, en el Oeste. Después alcance todavía a escuatear un piso en el Este, que llevaba cerrado toda la Guerra Fría, en la Pinkstrasse del mítico Friedrichain. Pero de pronto, una mañana nos despertaron dos neoejecutivas exsoliscayanas de una neoinmobiliaria recapitalista para comunicarnos, muy excitada por el papel de su neofunción, que aquello no era nuestro sino de su empresa y que debíamos salir en el plazo de dos días si no iba a venir la policía, ¡polizei, polizei!, acabó gritando como loca mientras se le caían por el suelo, del nerviosismo que le causaba la falta de costumbre en la representación del nuevo ordenamiento, los papeles del montonaco de carpetas que llevaba encima. A la que iba de jefecilla, porque aunque eran dos, la de detrás estaba tan tranquila en su papel de segundona y no decía ni mu porque sólo había una responsabilidad y la acaparaba por completo la otra. Mira cómo se fundamentan desde el principio los principios de la nueva jerarquía, me dije yo medio dormido contemplando en la escena los resortes que cambiaban la ciudad minuto a minuto. Hacía un año ya de las batallas campales de los okupas contra la especulación, cuando la gran ilusión de los primeros momentos del cambio. Llegó a haber varios muertos. Pero aquella era una guerra perdida ya antes de empezar, y los pocos edificios escuateados que quedaban eran escaparates libertarios controlados por la máquina que ahora ha construido el dominó y que entonces empezaba a gestionarse. Y yo me cambié a vivir a un piso de un amigo que no lo utilizaba porque tenia otro mejor de un amigo que no estaba. En Treptow. También en el Este gris, pero a un descampado y un canal de Creuzvert, uno de los barrios más animados del Oeste. Eso era una de las cosas típicas de aquel Berlín, los edificios fantasmagóricos y los descampados. Enormes. Las huellas dejadas por la guerra que no se habían vuelto a reconstruir. Uno de los más grandes era el de la Postdamer Platz, que tenía incluso un campamento de carromatos de hipis y gitanos perdidos en un rincón de aquél vasto vacío. Joder, allí, decía yo siempre, cabía medio Granada. Pero por todas partes había ese tipo de Baldíos y desordenes. La estructura urbana era una continua paradoja. Por ejemplo, todo era doble. Había dos zoológicos, dos óperas, dos planetarios, dos... Y un montón de centros. Porque se daban circunstancias como que en cualquier sitio de la ciudad que uno estuviera, siempre se tenía al lado un centro y una periferia. No era fácil volver a coser las dos ciudades, pero se pusieron a ello desde el primer momento tan concienzudamente como es proverbial en lo alemán. Sin prisas y sin pausas de verdad. Con sistema. Cada día aparecía una fachada remodelada, una nueva obra que surgía, una grúa más que se elevaba, una tienda que aparecía sola en una calle antes yerta y pronto llena de comercios. Cada vez más deprisa durante los tres años que anduve por allí las cosas se fueron trasformando a toda leche. Y el baldío de la Postdamer Platz, que al principio era un descampado enorme y oscuro con una boca de metro en medio mitá de la nada (donde por las noches los fines de semana se creaba un mercado clandestino de polacos que venían a vender desde primores de ganchillo hechos a mano por las viejas hasta armas primorosas de los viejos arsenales de la URSS y que, de la misma forma que surgían de la nada entre las sombras, por cientos, de repente, a poner los tenderete que formaban el mercado alumbrado con linternas, desaparecían en cuanto que llegaba la policía en un instante de alarma tras el que otra vez volvía a no haber nada), cuando me vine en el noventa y seis todo él era ya un montón de zanjas para cimentaciones y un bosque de grúas, que era el más grande y más alto que nunca había yo visto. El mercado polaco, lo mismo que el campamento de hogueras y carromatos y tantas otras cosas, había desaparecido para siempre. Y el nuevo centro en ciernes, la mayor construcción del mundo en el momento, celebraba el futuro capitalismo de la nueva capitalidad iluminando con reflectores gigantescos una cubeta de oro que colgaba en to lo alto de una de las grúas en medio del jaleo constructivo. Por rumbo no iba a quedar el rumbo que tomaba lo de la reconstrucción.
De aquel tiempo recuerdo muchas cosas entrañables. Si las tuviera que resumir en un flash sería bicicleteando en primavera, flotando a través de la templanza de las noches sobre el aroma de los tilos entre tequila y tequila de garito en garito. O cruzando el puente de Warchsauerstrasse en invierno con veinte bajo cero, drogado por la inhospitalidad de la vasta extensión de vías negras sobre el blanco helado de la nieve con el Pirulí al fondo, allá a tomar por culo al otro lado de la vacía oscuridad, volviendo a pata de Friedrichaine camino de Treptow. Se te corrían las lagrimas del frío en medio de la nada congelada y nunca estaba seguro de que no fuera aquella noche la que no alcanzara la otra orilla. Friedrichain era entonces el barrio gris por excelencia, donde no había nada de nada y, en invierno, por sus calles renegrías y maltrechas sólo corría el gélido viento cargado de fantasmas de la guerra y los ecos socialistas. El único sitio caliente era la cocina de Eckhart, que la calentaba dejando abierto y encendido el horno del fogón de gas. Era muy estrecha pero allí nos apelotonábamos en torno de una mesa a trasegar vino café cerveza y comer el arroz que preparaba Baldomero, un peruano que vivía con él, y sobre todo a darle a la cháchara sin parar, oyendo vinilos de rock de los setenta y fumando un cigarro tras otro hasta que se hacía necesario abrir la ventana que daba al patio interior, aunque entrara el frío glacial, antes de asfixiarnos. El resto de la casa era un frigorífico y a veces no había agua en el lavabo porque se habían congelado las cañerías. A veces íbamos al único bar que había por allí. No recuerdo el nombre pero sí que habían reciclado las cabezas de las estatuas de bronce de no sé que insignes dirigentes comunistas, enormes, y que las habían dispuesto para servir de asiento a los culos de los bebedores de cerveza. No podían haber tenido mejor fin señores tan mandones, ver sus ilustres calvas lustradas por el roce con las nalgas de los borrachines.
En el Este no había teléfonos, y en nuestra imaginación no había ni idea de lo que iban a ser luego los móviles. Tampoco había ni soñación de los turistas. Y el aire en el invierno olía al carbón de los ofen de cerámica que había en cada apartamento por norma de obligado cumplimiento de la construcción.
Luego, me fui y no he vuelto a Berlín, desde finales de los noventa hasta hace un par de años. El cambio, y puesto que es de la caída la celebración, se podría resumir en algo así: El Muro ha pasado de ser un apartarrebaños a ser un atraeborregos.
Ahora los ofen están prohibidos por leyes anticontaminación. Y, como es normal, no hay dios que no tenga móvil ni portátil y conexión a la Red. Los descampados han sido construidos. Los viejos edificios abandonados son ahora relucientes templos del consumo o grandes altares de cultura. La práctica totalidad de las viviendas están remodeladas. Las calles del este tienen ahora más comercios y negocios que el oeste. Friedrichaine se ha convertido en el barrio de moda, y está lleno de bares y de restaurantes multiétnicos que miles de turistas, movidos por la industria de la marcha, vienen a llenar masivamente. Por la noche no cesa el centelleo de los flases de las minicámaras de alta definición en las terrazas. Eckhart sigue allí pero en un luminoso ático con azotea. Su nueva cocina es más cuadrada y sigue siendo acogedor centro diario de debate, trinque y fumadero, pero ahora la calefacción es central, la música global bajada en mp3, y la ventana, que da a una vista abierta al cielo berlinés con el Pirulí sobresaliendo en el horizonte sobre el mar de tejados, se abre en cuanto que se enciende un cigarro como forma de ir luchando contra la malvada nicotina que no se puede dejar, sobre todo cuando hay algún amigo como yo, que ha pasado de ser nicotinómano profundo a maniático antinicotina. Del análisis comparativo de estas dos cocinas se podría sacar un estudio impagable con todo lo que de verdad interesa sobre el cambio que ahora se celebra. De la brecha antigua del Muro sólo queda la estética cicatriz conmemorativa que marca a los turistas, con una doble hilera de adoquines, el antiguo emplazamiento, y un trozo de muro verdadero decorado con grafitis que, pintados en el fragor de la caída, alcanzaron el estatus de inmortal obra de arte en el mismo momento en que se empezaron a pintar, y que con la celebración se han vuelto a repintar para borrar los grafitis posteriores que el tiempo les fue superponiendo y que no han tenido la suerte ni el derecho de ser considerados tan arte como los primeros.
Yo espero que pronto vuelvan a estar los grafitis oficiales llenos de grafitis. Y que siga la capital de Eurasia siendo tan marchosa y sorprendente. De verdad. Por ello brindo (aunque ya casi no bebo). Y le dedico este bolero, no sé muy bien por qué. No por nostalgia del pasado y menos de antiguas estructuras. Quizás un poco por eso de que nada acaba siendo como se quería que fuera. También algo por lo del divino tesoro que se fue para no volver. Por supuesto como un homenaje a la ilusión efervescente. Y desde luego, por el nombre. Veinte años.
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