24 jul 2011

Personajes 6

Normalita Pérez

Me enteré al vuelo. Oyendo al paso una conversación entre tres tías de la parte baja del montón. Una decía, sí, esa morena…, una muy joven que había tenido muchos problemas con las drogas y eso. Otra dijo, Anivinijaus, creo que se llama ¿no?, esa que sale cantando siempre muy colgá con los pelos muy exageraos muy pinturrajeá… Sí, siguió diciendo la primera, esa tan famosa…
-Todas las que son así acaban igual.
Sentenció la tercera, la más normalita, como quien dice un mantra, haciendo al tiempo que un mohín con los morritos el típico gesto de desdén con la cabeza mientras las tres se iban. Y yo supe de golpe y con pena que aunque habían hablado en presente la Amy Winehause se había ido por la misma puerta que se fue la Janis Joplin. Y comprobé otra vez cómo la mediocridad siempre se alegra de que el que mal ande mal acabe, porque es el único consuelo que le queda al resquemor que arrastra, por no arriesgarse ni a imaginar siquiera que tal vez algo parecido a la genialidad chispeante de una vida con burbujas pudiera ser posible al menos por un rato, sólo con atreverse a romper un poco la rutina de una existencia normal y deprimente, cueste después lo que te cueste.

Después, en casa, puse la tele y comprobé la triste noticia.

Lo siento mucho Amy. Es una lástima. Tenías de verdad esa chispa divina que sólo tienen unos pocos. Espero que si estás en algún sitio sea donde las que son como tú lo tengan todo, aunque después sólo te sirva para tirarlo otra vez como un anillo al agua.




La foto está pillada de
http://greeneyedmonster22.wordpress.com/

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Rollos matutinos 53

Atavío de mil y un atavismos


Cuando leí Las mil y una noches me llamó la atención la cantidad de veces que aparecía en los cuentos el traje como forma de regalo, premio, demostración y acreditación de poder, cargo y nobleza… Siempre andaban recompensando con trajes los emires los gratos servicios de sus siervos y los genios se los concedían a sus dueños entre uno de los deseos que tenían derecho a pedirles por haberles liberado. Y siempre que aparecían en escena, los trajes tenían un significado enorme de riqueza simbólica, pero también traducible al prosaico valor de dirhanes y dinares, y como soporte de oro y pedrerías que les convertían, además de en suntuosos magníficos y maravillosos, en caros. Recuerdo que siempre que salían a relucir otra vez en la trama del relato, casi siempre con la misma formula repetitiva, pensaba yo en lo significativo de ese detalle y en lo arcaico que resultaba visto desde ahora en este mundo occidental y nuestro en el que impera el pretaporté barato hecho con mano esclava china. Pero resulta que me estaba equivocando. Si seguirá siendo significativa, la figura del traje, que le acaba de costar la posición y la decencia a un alto mandatario de un reino del Reino. Claro que su tierra siempre ha tenido ese aire extravagante que alimenta los sueños orientales, no hay más que pensar en las batallas de moros y cristianos, el humo de las fallas, y en el perfume exótico que evocan las propias mandarinas y naranjas. Quizás por eso se crían allí personajes tan de fábula grotesca como él o la Rita Barberá. Creo que en Las mil y una noches sí se utilizan más de una vez los trajes para conseguir hechos. Pero me asombra que hoy, alguien que esté supuestamente puesto en este mundo, investido encima de responsabilidad pública y poderes, se deje a estas alturas seducir por trapos y perder por ellos hasta la misma honra, por muy buenas fibras que les formen y mucha altura que pretendan conferir con su costura al que los lleve. Más me parecía que fuera esa debilidad cosa de putas, legalizadas en santos matrimonios o queridas pelanduscas, y en especias de pieles de bisones o prendas interiores parisinas y picantes. Pero incluso en esos casos creía yo que eran ese tipo de regalos una costumbre irrisoria y demodé. Claro que en cuanto a fibras cargadas de sentido también hay quien pierde la razón por las simples banderas. Y no será casualidad que en este caso se hayan unidos el vicio torpe de pirrarse por los oros de solapas de hilo fino y la obsesión por adorar los pingos nacionales pinchados en las instituciones de las astas, de la sangre de los toros y el humo de los altares. Al fin y al cabo todo queda dentro del mismo mundo de pendones y pendejos. Alguien me dijo el otro día que no era para tanto el delito de los trajes. Yo repasé en mi mente y en silencio el regusto a chorizo del nombre del que los había regalado, el Bigotes, en pago por favores innombrables, y el, te quiero un güevo, significativo que le había soltado a través del teléfono pinchado el mandatario, que emocionado por el fino paño del pago del servicio entre sus dedos perdió hasta la cautela. Pero no es nada de eso lo que a mí me pareció recriminable. El trapicheo de la compraventa es la base de la normalidad vigente. Lo que tenía que estar penado en forma estricta por la Ley es el mal gusto del menda, y el turbio placer que encierra el excitarse hasta ese punto por lucir sobre su piel símbolos de semejante corte, es lo único que argumenté en contra del reo. Porque mira que eran horteras los dichosos trajes, que el único valor con que investían al vestir era ese y el de su precio, que ni siquiera, por otra parte, estaba fuera de la mediocridad más repugnante. Luego, por un rato, me dediqué a repasar íntimamente la cantidad de tramas y conjuras y de compras y de ventas de dimes y diretes de influencias en jueces y jurados que el caso iba a seguir generando en el cosmos judicial de aquí hasta que se celebre el juicio para acabar elaborando la sentencia, como forma de comprender la esencia del Sistema de Justicia. Al tiempo había venido a la prensa otro asunto de política textil. El Presidente de las Cortes del Estado que se escandalizaba porque una de sus señorías macho se había atrevido a quitarse la corbata aún con la excusa de luchar contra el calor. Que el decoro en el vestir bien valía un poco de gasto energético o de aumento en la transpiración, vino a decir el Presidente, refunfuñando como una madre conservadora, con su media calva vieja repeinada, que ve de pronto en el pender de las corbatas la bandera de una insignia de valor inquebrantable. Sí será simplón además de meapilas. Y yo pensé lo fuerte que era que nadie se haya atrevido todavía ni siquiera a plantear que ellos puedan hacer con el vestir en la Administración como ellas, que van como les sal’el coño, jugando si les place a ser modelos de moda haciendo pasarela al tiempo que debate. ¿No habrá algo de fondo común en ese unánime consenso misterioso de tragar como algo incuestionable con la gilipollez de la uniformidad del traje en gama gris y la corbata como algo obligatorio por parte de los tíos, con el tabú que cubre la importancia del tamaño? ¿Tendrán algo que ver banderas trajes pollas y corbatas? Vete tú a saber. En cualquier caso, lo que se ve es que tiene tela la política. Tela y pasta. Porque siguiendo sobre el tema de las prendas de vestir politizadas, ha habido otra ahora también que ha venido a coronar la coronilla de una presidencia. Y esta vez la tela ha sido un objeto de negra tradición y dura pasta. Si es que no sumó a sus incorrecciones el estar hecha de carey. Y la lució con devoción una política agresiva. Que al tiempo de ceñirse el cargo que ansiaba desde años se ha puesto la peineta del corpus del señor para pisarles la moral a herejes y laicistas. Haciendo con la rancia y tiesa prenda lo único que por deber no podía hacer. Porque tiene derecho a hacer con ella lo que quiera, ponérsela, quitársela, volvérsela a poner, o metérsela y sacársela cuantas veces quiera por ahí donde le quepa le plazca o la consuele. Todo derecho tiene la señora a hacer con su peineta cualquier cosa imaginable o inimaginable que se le antoje hacer a solas o ante el público en plan particular. Cualquiera menos institucionalizárnosla, que es precisamente lo que le salió del moño hacer a la señora presidenta.
Atavíos de atavismos en un mundo global. Todo sigue funcionando al parecer por el mismo resorte irracional del miedo y del deseo. Aquí sólo ha progresado la Técnica, y el número de miembros de la Piara. Por lo demás el mecanismo rueda con las mismas claves que echó a andar en el momento en que el abundio pasó a considerarse un homínido diferente de los monos. Pero la Piara es ya una gusanera que pronto va a quedarse sin qué agusanar y el Orden Establecido se sigue basando en incitar al gusanillo a que pille más de lo que pueda roer caiga quien caiga. Así se ha llegado al Imperio del Mercado. No sabemos de Dónde ni hacia Dónde, pero hoy nadie cuestiona que Aquí hemos venido a jugar al Monopoly. Y la devastación del crecimiento se ha convertido en bien irrenunciable de consumo. La Vida misma se subasta en la Bolsa de Valores. Y el control de ese flujo de acciones está cada vez más en manos de la Masa. Sí, de la Masa. De pronto el avance de la Técnica permite que el especulador sea un individuo aislado, cada vez más a menudo de puta clase media, que mueve su escueto dinerillo buscando sacarse un minipelotazo. Usando la Internet, al margen de entidades inversoras y aplicando por su cuenta la información que le dan las agencias de valores que salen en el Google. Ese es el perfil de inversor en crecimiento. Y eso infla aún más las pretensiones del Mercado. Se habla mucho de la responsabilidad criminal de la Banqueros pero… ¿Cuántas de estas micro-medianas transacciones se habrán hecho, para especular una mayor ganancia, poniendo por ejemplo, posible y muy explicativo, desde portátiles debajo de las tiendas indignadas del 15-M de Sol, durante las largas noches de acampadas, entre un cuelgue de fotos subversivas en el feisbuk, la bajada de alguna serie puntera de la tele y un reenvío de consignas de la acción antisistema, sin más contradicción que un remordimiento vago tan poco mordiente como sin clasificar?, le pregunté el otro día a un amigo escéptico con mis teorías. Y echamos cuentas y los dos teníamos varias amistades de este tipo de inversores, algunos, incluso, pillados en su mismísima hipoteca por la crisis. Curioso el mundo tecnológico de hoy. La marca del cambio es que ahora dice Mudys, cuidao que tal país es bono basura, y a la velocidad de la luz millones de piratas inversores internautas y vulgares de todas las creencias hacen clik y cambian sus valores a otros predios más rentables como es obligatorio en una economía de mercado. Y la economía hace zuuummm, con la misma misteriosa sincronía con que cambia en el agua de sentido un banco de peces. Dejando en dique seco a seres, países y familias, llevándose de golpe a otros mares la marea de la efímera fortuna. En un instante. ¿Y quién es responsable de eso?, le vuelvo a preguntar al colega que me mira con cierta ironía. Los banqueros, el Sistema, contesta la mayoría de la audiencia. Sí. Claro. Eso seguramente desde luego. ¿Pero sólo? ¿Hasta que punto está libre de culpa el gusanito microespeculador de la consiguiente pudrición de la Manzana? ¿Y el que mete sus dineros para que especule el banco como guarda la cabeza el avestruz? La cosa es muy compleja. Porque no rigen hoy los poderes de Las mil y una noches, donde los golpes del Destino dependen de las leyes de los dioses y la magia, y la autarquía caprichosa de emires y sultanes con ropajes distintivos. En una democracia, sigue sin duda siendo el Destino ingestionable, pero es la Masa al fin y al cabo la que manda, no por el engaño de los votos, que no sirven para nada, sino sin querer, al hacer surgir esa Tendencia que los líderes escuchan para ponerse el traje que creen que va a ser el más votado, y comprarles luego como autómatas lo que les den a consumir los electos con arreglo a la Tendencia de consumo, haciendo surgir una Tendencia que… Y la nave va y cada yo proclama que él, del rumbo, no es el que tiene que dar explicaciones.

Aunque, desde luego, ni las ruedas del Acontecer y la Fortuna están en mano humana, ni controla el Imperio del Mercado los votos de ningún tipo de sufragio. Ni como dice el Libro, está la Verdad en un solo cuento sino que sólo en mil y un cuentos puede llegar a encontrarse la Verdad.

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10 jul 2011

Personajes 5

El liviano cortijero


El otro día un amigo mío filósofo me contaba de cómo había ido la otra noche al Oriente, de putiferios, que por aquellas tierras secas con el dinero de los invernaderos surgen como por encanto, con unos colegas putañeros. Y en uno de ellos contaba que se encontró con un verdadero prototipo de viejo verde local de los que ya van quedando pocos, que estaba allí a la barra hecho un señor, dando la nota cortijera hasta que con sombrero de fieltro campesino y todo, al lado de una periquita tan joven y extranjera como puta. Le hizo gracia el contraste de lo arcaico del viejo cortijero en ese ambiente y, como le gusta tanto vacilar, le entró en plan como si fuera vecino de sus predios diciéndole algo así como que, “hombre, pues a mi me parece que le conozco a usté… yo es que remanezco de un cortijo de por aquí… ¿Usté no será por casualidá de un cortijo que esta…?, es que no sé ahora como se llama, pero es ese que está rambla arriba…”. “Der Cortihillo el Alfanique, zoy, zi zeñó, nacío, criao, y que todavía tengo allí mi caza qu’eh la tuya -me dijo que había dicho el viejo verde cortijero, más contento que la leche de haber dado con un posible vecino de barranco en un momento tan glorioso como en el que se encontraba-, …y tú también me zuenas a mí -dijo que dijo de seguida el cortijero-. ¿No ereh tú familia de la Francihcona, la que tenía er cortijo en la ramblilla el Colorín por debahillo er mío… que ze lo vendió no ha muncho a un ingleh…?”. “Pues sí, yo soy nieto de ella”. Dijo que le había dicho mi amigo siguiendo de inmediato la corriente de la figuración del viejo, que enseguida se puso a fardar de la agudeza de sus entendimientos: “¿Ves tú que pronto t’he zacao yo el parecío?, yo eh que pa las carah…”. Dijo que había dicho el cortijero, que se enrolló en seguida a contar batallitas de personajes ancestrales. Y me contó que había echado un buen rato, para descojono del grupo de colegas, dándole carrete a los detalles que el viejo le contaba, del pasado cortijero de su supuesta familia, para que el sólito acabara de montarse las historias, que eran de un género cotidiano tan auténtico y tan alucinantes que mejor que el que trate de recontártelas yo aquí, es que tú te las recrees con la imaginación. Pero de pronto, quiso hacer un guiño al viejo, para adularle el ego conquistador que todo cortijero tiene, y dice que le dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia la tía con la que estaba: “Pues buena hembra s’ha echao usté hoy, ¿eh amigo?”. “¡Ehta eh liviana!”. Dijo que le dijo el viejo por toda explicación. “¿Liviana? -Preguntó mi amigo extrañado de oírle emplear esa palabra-. ¿Pero usté sabe lo que quiere decir liviana?”. “¡Pueh claro! ¡Liviana! ¡Que le guhtan los coñoh! Pero eh mu buena muchacha”. Dice que había dicho el viejo verde cortijero, resumiendole en un momento a su paisano, sin ambages, con limpia precisión, en forma redonda y magistral estilo, toda su relación con la chavala.


Y así quedó lo dicho recogido para gloria eterna de la narrativa oral de los barrancos, y como coletilla recurrente, que usaron sin parar para invocar la risa el resto de la noche, de mi filosófico amigo y su putañero grupo, al cabo, al igual que el cortijero, todos perfectos borrachines.


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9 jul 2011

Rollos matutinos 52

El triste cuento de la fabulosa reactivación de las cacerolas


Érase una vez un viejo sabio tranquilo con él y con su entorno que gustaba de guisarse con esmero lo que se comía con gusto. Lo hacía con el conocimiento de quien ha aprendido a hacerlo a lo largo de toda una vida al margen de hipotecas, compromisos, correculos, autoengaños, políticas correctas y demás zanahoria engañaburros, con muy buenos productos y en unas cuantas cacerolas que eran tan viejas como él. Un día, otro hombre ya también tampoco tan joven pero sí muy previsible en lo sonso de sus juicios de valor establecido, estando con él mientras se guisaba su existencia, vio sus gastados peroles y sabiendo que él podía de sobra costearse otros más nuevos le dijo: “¿Cómo no cambias los enseres, que te vas a morir y vas a dejar ahí los dineros para que los disfruten otros?”. El acabó de echar al guiso el azafrán que le pedía el momento, molido con el cuido y la serenidad del que es más sabio por viejo que por sabio y contestó: “Estos están de puta madre y la verdad es que no siento deseo de andar buscando otros. Será entonces porque en realidad no los necesito. Y si no hay necesidad, hacer gasto no es cosa de recibo. Sí los dineros se quedan ahí, bien les vendrá a los que vengan, para emplearlo en lo que de verdad lo necesiten, aunque sean los bancos, que ahora dicen andar tan necesitados de él como los propios pobres”.

El otro hombre, fiel ejemplar de la abundia masa, no pudo ver en su respuesta más que ruindad impresentable hosca y escondida, que le hizo sentirse superior a aquella especie de colgao que no sabía ni vivir su propia vida. Sin embargo, y sin queriendo, algo pinchudo de aquel punto de vista se le quedó clavado por ahí en algún sitio produciéndole un escondido comezón tan inconsciente como inclasificable. Y comentaba y comentó la escena sin parar con los otros ciudadanos para buscarse apoyos a la zozobra insoportable del asombro que la serenidad del de las ollas viejas le causara. “Será roñoso el tío- decía cargado de razón-. Así mismo me lo dijo, mientras siguió haciéndose su parco comistrajo, con una sonrisilla descreída así como si riéndose de mí le perdonara al mundo algún tipo de ignorancia. ¿Pues no sería mejor que en vez de morirse sin el gusto de estrenar comprara y así diera ganancia al que vende y pusiera un poco de su parte en activar la producción, más ahora que está en crisis, dándole un granito de vidilla a un montón de gente?”. Y todos a los que se lo contaba le contestaban lo que él ya se había asegurado que le iban a contestar antes de contarles nada, que sí que claro, que hay que ver, que vamos vamos. Que así están las cosas, por culpa de estos casos. Que hay gente que por querer ser distintos no saben ya que hacer, y malafollás colgaos por cualquier sitio que mires.

Sin embargo, el viejo guisandero, que de otra parte no estaba seguro de no ser en realidad un verdadero asocial por otras muchas cosas, tenía muy claro el peligro que encerraba creer que fueran buenas la idea de crear trabajo y la locura de centrar el concepto de felicidad en andar excitándose la fiera del deseo del consumo como quien se masturba en frío, en vez de disfrutar del dulce bálsamo que goza el que la deja apaciguada, no tanto para el mismo, sino para lo que llaman Bien Común y supervivencia de la especie. Porque era al revés como había que replantear la historia: si él seguía con sus viejas cacerolas tan contento, al no tener de otras ni asomo de deseo, contribuía a que el cacerolero no tuviera que tener necesidad de trabajar, terrible concepto nunca suficientemente maldecido, poniendo su granito en parar un poco la triste cadena currelaria, que siempre hacía al final falta mover, en la que sufre desde el más vulgar de los pringados hasta el más sagrado recurso del Planeta. Pues lo que hay que hacer señores, es paralizar en lo posible la calentura de la anfeta que nos mete al proceso productivo la puta economía de mercado.

Y cualquier intento de solucionar la crisis desde la reactivación es empujar la bola del desastre todavía un poco más allá del punto sin retorno. Pero en esa locura coincidían todas las tendencias. Y él no sabía si le daba más miedo el que los chefs dirigentes del cotarro, y los pinches alternativos marmitones que aspiraban a meter mano en la receta, lo hicieran tan mal por ser malos cocineros, o por un tipo oculto de maldad que buscara como divertimento arruinar el guiso, cargarse los cacharros y dejar abrasada para siempre la cocina.
Pero a lo mejor, se dijo con horror viendo lo cierto de la posibilidad, lo peor iba a ser que resultara la culpa del mal rollo que se estaba cocinando un puro asunto de genética.
Y entonces apagó el fogón, salió al espacio abierto bajo las estrellas, se arrascó un poco los güevos, se llevó las manos después a la cabeza, y se puso a pensar muy seriamente si la cosa era ponerse a reír o a llorar.

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26 jun 2011

Rollos matutinos 51

Pajaritos y pajarracos


Como siempre. Ya te he dicho. El Tiempo ha vuelto a arrollarme. Hace tiempo pensé escribir sobre los vencejos que se iban. Fue cuando les hice la foto, en el atardecer de la última luna llena del verano desde mi terraza. Antes, muchas más veces había pensado que tenía que escribir sobre esa conexión que veía en mi cabeza entre ellos, y los estorninos y otros pájaros que vuelan en bandas sincronizadas en el aire del barranco como bancos de peces en el agua. Porque algo importante se me antoja que tiene esa similitud para no sé qué comprensión del Universo. Cuando contemplo desde la profundidad atmosférica de mi terraza, por otra parte altísima sobre el nivel del mar, esa curiosa simetría aéreo-acuática que tiene nuestro espacio. Pero ellos además son, junto con las estáticas chicharras, el chirrido volante del calor, y cuando cada año llegan poco después de las golondrinas siempre me emociona la alegría irreversible de su ruido y me digo, ahora. Porque me pone a mí contento que lleguen emigrantes tan inquietos y ruidosos. Después, cuando me quiero dar cuenta ya es pleno verano y nada he escrito, y está tan lleno el ambiente de su chirriar que ni siquiera echa uno cuenta de ellos ni del estío que se pasa. Luego un día huele de pronto a otoño y te das cuenta que han callado y les buscas en el cielo y ya no están, y tú tampoco has escrito está vez sobre lo que te gusta tenerlos viviendo en el techo de tu casa. Hoy sin embargo ha sido en la ciudad donde me han emocionado. A esa hora de la tarde achicharrante en que la gente sale a pasear ociosa y las tiendas aprovechan para hacer las últimas ganancias antes de cerrar el negocio e irse al nido. De pronto sus chirridos han levantado mi vista hacia el cielo de la calle y ahí estaban ellos, volando justo encima de nosotros, por miles, en maraña revoltosa, escandalosos veloces y rasantes, desde todos los veranos de todas las ciudades de mi vida. Qué íntimamente relacionados están sus figuritas de aviones voraces de mosquitos con el calor que agita nuestros devenires. Ellos son seres aéreos, sin embargo. Y sólo bajan a las puntas de la Tierra el tiempo justo, a ocupar los huecos de cornisas y tejados para reproducirse. Luego, una vez adultas, la crías emprenden de una sola vez el vuelo y ya no bajan hasta los dos años para fundar otra familia. Mientras tanto viven a miles de metros de altura. En el aire. Jugando sin descanso a sortear la gravedad. Y allí, planeando sin parar, se dedican, cósmicamente hablando, colgados de sus alas, a lo mismo que nosotros atados a la tierra por la planta de los pies: comen, cagan, duermen, follan… Palman… y se comen el coco elaborando, con los datos que les dan sus resortes sensoriales, el incierto conocimiento de la Realidad que necesitan para su evolución de pajaritos.
Los pajarracos sin embargo, aunque también tienen dos patas, no vuelan porque sólo le dan alas a sus necias intenciones. Y sus crías es raro que dejen del todo alguna vez el nido. Bajo la mirada atraído por la idea y veo una plaga de ellos planeando al lado mío a ras del suelo mientras andan. Pero no todos son fáciles de identificar. A primera vista, a veces, muchos pueden pasar inadvertidos en medio de otros tipos de gente. Al principio llegué a pensar que era una especie que siempre estaba en lo alto de la esfera del poder, pero no sólo. Pajarracos hay en todos los niveles y estamentos. Unos resultan más rapaces, otros son más carroñeros. Unos se indignan con el éxito del que nunca se ven hartos y otros se hacen dignos tapando sus vergüenzas con carencias y fracasos. Algunos corren más que vuelan, y son pardos. Como las perdices. Yo no sabría decir cuales me dan más aprensión, si los ricos o los cutres. El pajarraco rico es caro, pero el cutre tiene tela. Sé que sin el cutre el rico se caería. Vistos así, pasándote de lado, puede tener hasta su gracia. Perder un rato cavilando, jugando sin pensar a adivinar mientras paseas, al final del bochorno de la tarde, bajo la acérrima estridencia del volar de los vencejos, quién de los que forman esa humanidad en que te mueves es en realidad un triste pajarito y quién un burdo pajarraco. Aunque es posible que ni los propios dioses sepan. Pero al menos sirve el ejercicio para entretener el Tiempo recreando sobre la marcha miles de historias posibles de todas las calañas, y para enseñar a la imaginación a ser también aérea, y que no baje de atisbar desde ahí arriba nunca, nada más que aquí, al balcón de este sillón con ruedas desmontables del Alcampo, frente al gran vacío del blanco virtual de la pantalla, y sólo el tiempo imprescindible para entretejer los caracteres donde anidar la idea. Y saltar de nuevo al aire donde todo se ve con claridad y nada es explicable.



¿Escrito al final quizás por el recuerdo casual del título de Pasolini?

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3 jun 2011

Rollos matutinos 50


Tengo una España vestida de azul, con su camisita y su canesú…


Otra vez me ha ganado el Tiempo. Siempre acaba arrollándome el Tiempo la actualidad de mis escritos. Seguramente por la incapacidad de mi vagancia. Pero tal vez también porque en el fondo no quiera yo hacerlos inmediatos sino dejarles que fermenten en cosas que tengan otra cosa que la tonta información perecedera. Puede que sea arroyármelos, lo que hace el Tiempo con ellos, y entonces tenga un significado de enriquecimiento del texto con sus lodos, como hacía el Nilo con la inundación de sus tierras ribereñas. También, en mi caso, podría jugar ahora con el doble significado que tiene la palabra enrique-cimiento. En cualquier caso, esta vez me pilló el tsunami de los aconteceres cuando estaba intentando trascribir una visión que había tenido al comparar las noticias de las nuevas plazas moras facebuk, que llenaban libertarias las primeras planas de la prensa queriendo ser el fin de una edad media que todavía existiera, con aquella pequeña y vacía de Tánger en que estuve cuando una maricona suiza con perrito me anunció alarmada la detención de Sadán, ocurrida el día anterior y que yo desconocía. Estaba yo ahí intentando sacar jugosas conclusiones comparando la escena de aquél no tan lejano entonces, varado en la tradición fosilizante, con la de este ahora que empezaba a romper con la autoridad de los santos principios de los diques, cuando llegó de pronto el terremoto de Japón poniéndolo todo patas arriba con su ola destructora y su resaca radioactivizante. Los medios no sabían ya a que atender locos por el revuelo de noticias y ganancias. Yo me dije que venía muy bien el empuje de la Naturaleza para meterlo en ese escrito que escribía dedicado a los maremotos sociales de la Piara, para dar profundidades cósmicas a mis imaginaciones, y en la consecución de esa idea, intentando plasmar lo poco que somos frente al Cosmos, la vanidad de nuestras vanidades, y lo gilipolla y suicida que es nuestro concepto de progreso, me pilló el anuncio de que para parar la pelea de los libios, el mundo occidental se metía a saco en guerra pacifista y había tirado más de cien misiles en los primeros diez minutos de su intervención. Se me seguía escapando el tiempo probando describir los turbios intereses que veía en las buenas intenciones que nos trataban de vender y si no sería para muchos insurgentes peor el remedio que la enfermedad, cuando de pronto saltó al marcador informativo la noticia sorpresa del linchamiento de Osama. Bin. La den. Flipé. De golpe. Con la película. Por un momento deje todo lo otro y me dediqué a plasmar mi asombro en un escrito sobre esa mala copia del guión de El caso Bourne que los altos poderes de mi mundo ofrecían a la pantalla planetaria como algo que tenía que ser espectacular en todos los sentidos. Sin embargo era un plagio barato tan lleno de fallos en el hilo argumental que pronto perdió la credibilidad que toda trama narrativa tiene que tener para que enganche. El flim era malo. Y aunque a los productores no les importaba porque entre el público al que se dirigía estaba funcionando, a mí se me cayó el interés rápidamente. Además empezaban en mi reino unas elecciones que iban a ser las más aburridas de su historia. Encima, cuando pensaba que quizás debería decir algo también a ese respecto, le salió a la campaña electoral un grano en el culo. La verdad es que pequeño, pero alarmante como todo grano persistente en ese sitio. Y de una génesis infecciosa que era, para más inri y más interconexión de la pelota, la misma que las de las revoluciones de las plazas moras que tanto habían celebrado las voces de las agencias oficiales, y que era la idea primera que estaba tratando de desarrollar en mi escrito cuando me lo arrolló el arroyo del Tiempo con tantas novedades: El cabreo facebuk, que amanecía con Sol en las españas. Aunque aquí pillaban de principio algo tan significativo como el nombre de un viejo carca del Sistema que había lanzado en un panfleto betseler la rabia que le da el que le haya salido tan hijoputa el hijo que crió con su política. Gustan de llamarse, pues, indignados. Y a mi de pronto en el momento me producen una mezcla rara de entusiasmo del entretenimiento con el recuerdo dejavú de antaños viscerales parecidos, que dieron después en la cocina estos caldos que ahora nos tenemos que tragar. Sí, me dije de seguida, desde luego es algo que da alegría ver y que no estaría mal que prometiera. Que ojalá prometa. Que quisiera poder creerme que promete que puede al menos prometer. Sería tan hermoso que provocaran de verdad la sorpresa incuestionable que creen que provocan… Nada puede competir con la euforia contagiosa de los sueños colectivos, decían indignados en un cartel de una de sus plazas. Pero la propia imagen que lo dice me habla, más que de júbilos naciendo irresistibles, de algún tipo triste de ilusión quizás ya en el fondo perdida antes de nacer. Y la verdad que encierra la frase que transcribe me lleva otra vez de vuelta a lo que yo escribía sobre las primigenias plazas moras facebuk hace unos días. Porque es verdad. Nada hay más dulcemente vano, cuando existe, que el azúcar de feria de esa euforia. Ese es el gozo arroyador que yo veía correr por las plazas de los moros, allí si que en forma de río impetuoso. Y dejarse arrastrar por sus delicias mientras dure es el único provecho que van a conseguir, decía yo deseando que supieran aprovechar al máximo su efímera delicia. ¿A mi también me gustaría gustar la euforia esa?, pues ni de querer gustarla estoy seguro. Por un lado porque sé que siempre su placer algodonoso se deshace al contacto con la boca. También porque dispongo de las comodidades mínimas, sentado aquí en mi silla desmontable, con ruedas, del Alcampo. Pero es que tampoco tienen las plazas mías el mismo poder de sugestión que aquellas. Aunque con un ideario más sublime y elevado, la euforia que comunican no sale tan a chorro, ni con la misma frescura, ni con el mismo brillo, ni con el mismo empuje. Yo no puedo dejar de ver en ella remakes flojos de corrientes que ya he visto. En las que me tiré a nadar una vez, desnudo y de cabeza. Y no encuentro en su ruido ninguna melodía que parezca nueva de verdad a mis oídos. Por más que a ratos quiera tanto oírla que casi llegue a oírla por un rato. Mucho menos puedo creer que su caudal prometa de verdad llegar a replantar el infecto plantel en que vivimos. Sin embargo, ojalá fuera. Aunque no fuese para nada nuevo ni mejor. Y, bueno, algo sí han hecho con su aparición, aunque sólo haya sido servir de fondo para contrastar el patetismo del retrato que ofrecen los políticos: esos mítines tan caros como muertos, llenos de gente babosa meneando banderitas a guías revenidos con sonrisas complacientes jugando al aburrimiento de hacer creer a una masa de tontos que en caso de ganar van a ser todo lo que nunca han sido. Nunca han aparecido tan ridículos. El otro día pasé por una calle de un pueblo mediano cualquiera. De cada farola colgaba todavía un cartel con una foto de un menda que decía en primer plano con su sonrisa repeinada por un asesor de imagen que podías confiar en él. O que con él qué se yo podías confiar en que pasara. En cualquier caso ya había pasado todo lo que tenía que pasar, y sus fotos tenían aún más ese qué se yo de anacronismo repugnante. Había varios modelos. Con diferentes jetas y partidos. Pero todos exactamente iguales de antiestéticos. Mira que eran cipollos. ¿Cómo podía no darles vergüenza la exposición pública de su profunda cipollez? Qué falta de pudor, pensé con asco. Ser así y dejar colgar tu imagen por todas partes para que todos tuvieran que tragársela. ¿Cómo se atrevían? ¿A quién creían engañar? Sentí vergüenza ajena. Después abstraje y me di cuenta de que como la ristra de los de aquel paseo así eran todos. Daba igual en qué país y en qué pelaje. Pero más susto que ver que había en la vida quien era capaz de no ver la mierda que era hasta ese límite, me dio comprender que ellos sabían muy bien que daba igual saber que van a acabar las efigies de sus jetas rodando cipollas por yermos y cunetas con el viento, hasta que las consuma el sol y las desgaste la fuerza de los elementos, porque siempre hay otros más cipollos que ellos que son los que les van a dar poder y gloria, aunque sea cutre. Y sí, nunca habían lucido tan insulsos y tan rancios. Tan absurdos, tan inservibles y tan insignificantes. Que al contraluz del Sol de estas plazas nuevas. Pero pasa como con los productores de la Operación Jerónimo, el plagio de El caso Bourne, que les da igual la calidad mientras la peli les funcione con su público. Y a algunos les funciona. Mejor que nunca. Al menos por ahora. La mejor frase que he encontrado para pintar la situación ha sido una llamada en el contestador de Siglo XXI, un menda dejó dicho cantarino simplemente: “Tengo una España vestida de azul con su camisita y su canesú”. Y me ha parecido una melodía tan capaz de desarrollar la sinestesia del olor, del tacto, del sabor, del sonido y de la imagen, de lo que nos está cayendo encima que la he puesto de título de esto.

Después, tirando de su hilo conductor he ido devanando el embrollo que tenía en la cabeza.

Y ahora, me voy a colgar corriendo la madeja. Antes que el soplo del Tiempo acabe embrollándomela otra vez por nuevos derroteros.


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6 may 2011

Rollos matutinos 49




Obama1-Osama0


Es increíble. Fue lo primero que me llamó la atención de la noticia, Obama anuncia la muerte de Bin Laden, que me encontré de sopetón en El País Digital al abrir el navegador por la mañana: la euforia que se veía en las fotos de miles de usas festejándolo en la calle. El tipo de euforia, para ser exactos, tan igual a la de los mundiales que el símil no dejó de hacerme guiños y ya seguí leyendo todo lo que se decía sin poderme quitar ese filtro del criterio. ¿Cómo puede ser que una cosa así se viva tan exactamente igual al nacionalismo gilipollas del forofo futbolero? Eso dice mucho. De la clase de elementos que forma la masa. De la clase de masa que forma los elementos que dirigen el cotarro. Quizás también de eso que llaman alma humana. ¿De la estructura atómica del Universo? Lo primero que me transmitió esa euforia fue un sentimiento parecido al miedo. Y que había sido así la cosa quedaba más y más patente cuantas más fotos veía de esas turbas llenas de alborozo. Esa alegría que exalta al individuo aborregando, orgásmica en el fondo colectivo, de sentirse fuerte envuelto en la bandera de un equipo, que esta vez sería el ejército, y victorioso en un juego, que esta vez sería la guerra. Y entonces, claro, descubro que he captado algo esencial, y que, claro, no soy el único en captarlo, porque leo enseguida en el artículo que estoy leyendo, de Barbara Celis y Sandro Pozzi por cierto, corresponsales en Nueva York que habían estado en medio de la fiesta, que ellos vieron, precisamente a Mike McReady, por lo visto el guitarrista de Pearl Jam, entre la multitud de hinchas, lanzando a la red como un líder forofo, con el ipad que mostraba al mundo y a la masa enardecida por encima de la cabeza como una pancarta luminosa, el mensaje consigna que resumía: Obama1-Osama0. Después oí la banda sonora de las imágenes en los vídeos de la tele, que era los gritos machacones de, ¡USA!, ¡USA!, ¡USA!, ¡USA!,… Que dicho suena, ¡u esei! ¡u esei! ¡u esei!,…

Luego, claro, me fijó la atención enseguida la extraña agitación de los hechos que se describían, que eran igualitos a una película del Burne: En un repente inesperado aparecen en la escena de una zona residencial de Abbottabad los helicópteros del comando de élite, asaltan la casa sospechosa y del tiroteo resultan fortuitamente muertos el Bin, de un tiro en la cabeza, dos de sus colaboradores, (¿es uno de ellos el mismo colaborador que decían párrafos antes que le habría denunciado, o es que me he perdido?), y una mujer que nadie sabe todavía quién era. Ninguna baja en el bando de los buenos que se habrían retirado de inmediato echando leches otra vez en helicóptero. Total cuarenta minutos. En seguida, horas después, no se puede calcular muy bien exactamente cuantas pero horas, no muchas, creo que según los relatos no es posible en ningún caso que hayan sido más de doce, se habría lavado el cadáver que se supone que se habrían llevado en el helicóptero con ellos, no se sabe dónde pero sí dejan caer que desde luego con el debido respeto y estrictamente según los untos de los ritos musulmanes por supuesto porque lo usas son la leche de respetuosos para con las religiones en todos los sitios menos en Guantánamo donde tienen coranes para que los creyentes se meen en ellos como tortura sicológica, y se le habría ofrecido el cuerpo a Arabia Saudí, cuna del finado, y al no quererlo estos se habría, y esto lo encuentro de una genialidad expresiva de la hostia, que no tiene mesura ni igual en la Literatura, “enterrado en el mar”. Sí, yo también me quedé así como diciendo, ¿pero…? Pero sí. Enterrado en el mar. En otras versiones, más cercanas a las fuentes de la versión original inglesa, se usó la traducción, “sepultado”, en el mar, eso siempre, y parece ser que querrían decir con eso lo que dicen, aunque eso es lo bueno que tiene la fórmula, no poder saber, sin más, lo que dicen, y nadie aclara que no sea el invento expresivo al final nada más que una forma de hacer más suave la palabra “tirar”, el muerto (nunca más al caso la doble interpretación de esta palabra), previamente lastrado, por alguna borda, o desde algún tipo de nave voladora, al mar (que será seguramente lo que tratan de mediodecir), o sí, lo que también dejaría de entrada la sorprendente expresión abierto a lo posible del entendimiento (por lo menos mientras hay nuevas declaraciones): que hayan hecho un bujero en el lecho marino dándole, si bien peculiarísima, mahometana sepultura, haciéndolo, aunque allí en un sitio del mar del que, desde luego, eso si que dejan bien sobreentendido, ni se ha dado ni se dará nunca a conocer jamás coordenada alguna, en tierra, como manda la coránica escritura.
Todo esto así de corriendo. El caso Burne, ya te digo. Yo lo primero que veo del enterramiento submarino es que, si lo que quieren decir no es que se ha echado el muerto al mar sino que aunque con humedad han cumplido con lo de la tierra… Sería como para flipar eternamente, pero es que además… si no se tenía preparado con mucha antelación… Lleva tiempo, hacen falta máquinas complejas y específicas, no sé si se puede hacer con unos cuantos buzos y unas palas… Porque, ¿es suficientemente mahometano el que se haga somerillo? ¿Cuánto tiempo tiene que garantizarse la terrea cobertura para cubrir el expediente del religioso escrúpulo? No sé pero…

Quizás no es más que un resorte más para urdir el misterio. Porque tampoco hay (al parecer, según deja caer alguna fuente cercanas al equipo ganador, para mostrarlas en su momento con toda oficialidad y garantía de respeto y prueba, otra vez más, de haber cumplido la coránica norma de manejo del embalsamamiento), ni una foto del cuerpo.
Misterio, me digo. En fin, amanecerá dios y medraremos y supongo que pronto nos llenaran el coco de caca informativa hasta que nos den arcadas con el tema. Así que…

Sin embargo, me quedo pensando en aquello que decíamos cuando los tiempos del Aquinoestán, y Dóndestán y Aquítampocoestán, de que en realidad a lo mejor Bin Laden no era ni persona, sino un cromo de los que venían con los bollicaos. Y en el dato biográfico y cierto de que, si alguna vez en verdad fue algo, fue en principio un gran colaborador de USA, dicho u esei, que lo creó para que fuera el que más eficientemente matara lo que fuera necesario matar para su CIA (lo que me lleva otra vez a recordarme a Burne). Detalles que me ayudan a intentar discernirme una idea de entre las diferentes posibilidades de cómo habrá sido la realidad del acontecimiento que, como toda escena sucedida no puede ser más que una (que habrá quedado registrada al instante como una fotografía en el fragor de la Galaxia: lo que ha pasado), pero que para cualquier observador temporal, ajeno al reducidísimo cotarro de actores implicados, no podrá ser jamás sino inaprensible para siempre y por completo.

Mientras los mandatarios con su máquina global informativa nos van moliendo la noticia para ofrecer a la Piara su pienso compuesto preparado, intento en vano adivinar qué coños habrá pasado de verdad. Veo el reguero de pólvora de la noticia recorrer la actualidad del Globo grabándose su sitio en los anales de la Historia. Comparo la fiabilidad de las versiones que tendrá en los libros del futuro el hecho que ahora es presente (y cuya verdad sólo van a poder conocer unos cuantos que saben que de ninguna manera va a llegar a saberlo nadie más) a otros hechos de los que son ya historia añeja y oficial, no pongo ejemplo para que pueda ser cualquiera, repasándomelos en mi imaginación en el momento en que ocurrieron, y compruebo que nunca se puede saber nada de qué fue realmente lo que pasó cuando ha pasado. A pesar de que, cósmicamente hablando, cuando pasan, en el aquí y ahora, los dramas sólo tienen un guión, que es el que se recita en el momento irrepetible de la representación del acto, en el allí y entonces de la recreación sólo es posible la interpretación de las múltiples Historias. Que, todas falsas por definición, siempre serán muchas. Tantas como ojos miren desde el presente el pasado, que empieza en el preciso momento en el que la palabra cruza la barrera de los dientes. Comprendo que nunca sabré al tiempo que se me viene a la cabeza un flas que me ha llamado siempre la atención en la larga historia de este comic: lo limpia que tenía siempre la mirada la caricatura malísima del malo, a pesar de toda la tinta negra que se ha puesto en su diseño. En las escasas viñetas que salía.


P.D. (Post después y unas notas más de lo de mientras tanto y por ahora hay de nuevo)
-Gerónimo. Tiene tela lo de Operación Gerónimo.
Resumen de novedades hasta ahora:
-Al principio: que se había resistido y por eso tuvieron que matarlo. Después: que no estaba armado pero uno se puede resistir sin ellas. Por fin: pues claro que teníamos licencia para matar.
-Lo último: Después de los 40 minutos, habrían dejado atrás, además de unos cuantos muertos, un montoncito de heridos y maniatados, entre ellos varios menores, entre los menores estaría la hija de Bin de 12 años que declara que vio que a su padre lo ejecutaron, in situ. (sobre los menores, se supone que, incluido esta, el comité que se está dedicando en soltar los paquetes de información, ha dejado caer, para que quede claro, que están siendo tratados, en algunas dependencias paquistanís, quizás fuera de norma arquitectónica y de equipamiento para el uso de la infancia, pero por personal suficientemente especializados como para que no tenga que sufrir la mojigatería que impera en la falsa moral de occidente respeto a lo de los niños.
-Hablando de menores caigo en los papeles de wiquiliqui sobre los que tienen encerrados en Guantánamo y me digo sino tendrá que ver esto de cerrar el partido con un Obama1-Osama0 con limpiar el desprestigio del escándalo guantanamero.
-No acabo de tener la idea última, que leo que ya están diciendo que gracias a esas torturas se consiguieron estos éxitos.
-Lo de que si Osama hubiera sido juzgado en vez de linchado le habría dado lugar a cantar cositas sobre su época de líder de la rama musulmana de la CIA, me vuelve a llevar al c aso Burne.
-Y la palabra linchamiento me lleva ahora a aquellas de, “dead or alive”, que soltó el Bush al Universo para que le quedara claro. Eso, que vuelven a dejar claro ahora con lo de Gerónimo, que no es una casualidad porque la casualidad no existe, y que no es sólo marca de una indiofobia innata y subconsciente, sino bandera de un espíritu chulo de conquista que tiene los colores del far west y un código moral, sin duda radicado en la demencia, que sólo busca abrir paso al ímpetu arrollador del Mercado Capitalista. Qué bien lo puso el Kubrik en aquella escena de Dr. Strangelove, con el mayor T.J. “King” Kong, cabalgando sobre la bomba en el más puro estilo Marlboro. En el 1964.
-Lo último que leo es esto: “El Equipo 6 de los Navy Seals, cuya existencia no se reconoce oficialmente, son la élite militar de EE UU”. La descripción de entrenamientos y detalles del secretismo de este “equipo de élite secreto” deja al guión de Burne a las puertas de un juicio por plagio. Otra vez el cine en esta película. Con tanta referencia cinematográfica en el asunto, a lo mejor es hasta normal que la masa global se tome el tema como la peli del sábado que es. Y en este caso la verdad es que hemos visto muchas parecidas, y no se puede decir que sea original en absoluto.

Dejémoslo así. Por ahora.




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Rollos matutinos 48


Anda que el santo...



¡Dios mío! Sí sí, Dios mío, sí, que nunca mejor que ahora para usar esta contradicción involuntaria de clamar a Dios no creyendo en su existencia. Porque si existiera bajaría de sus alturas en casos como estos. A poner tasa a tanta cochinada cometida en su nombre y limpiar las pocilgas de su piara siquiera una mihilla. Así que sí: ¡Dios mío!, ¿cómo es posible que te monten un número como el que te han montao con la beatificación del wojtyla y no bajes de momento a dejar fulminados por lo menos a unos cuantos? Esta es la prueba de que no eres más que una puta quimera. Si existieras tendrías que ser de todos, pero como eres inventado eres del que te inventa. Pero en fin.
A mi la verdad es que me la trae muy floja que lo beatiquifen o lo quitebeafen. Por mí que se den todo lo que quieran a la escatología. Y saquen al muerto de la tumba y lo lleven y lo traigan en el cajón con suntuosas ceremonias, coreografía machista, liturgia rococó, y mitras y sotanas bordadas en barrocos oropeles tan caros como mariquitusos. Si disfrutan… Yo, de pronto… hasta les perdono el dogma de su misoginia, el toque sadomaso de sus gustos, y la doblez de sus hipocresías. Hombre, ya, lo suyo es muy fuerte, porque mira que hacer santo al que, entre otras cosillas por ahí, estuvo bendiciendo al Marcial durante todo su papado con el poder de su Espíritu y el apoyo de su Banca… Pero, mira, oye, ellos sabrán, al final en esta vida… El que esté libre de falsedad que tire la primera piedra. Que salmodien y sahumen y reliquien restos putrefactos lo que quieran. Que lo que de verdad me jode de ellos es la obsesión que tienen de estar siempre jodiendo tratando de imponer lo que tiene que hacer o no hacer uno. No tendré yo el vicio tan feo que ellos tienen. Haya libertad y que cada cual sepa.

Ahora sí, lo que no es de recibo, y es un inri que me inrita cosa mala, es que vayan a esos ritos, en mi nombre y con el dinero de mi Estado, príncipes besamanos a besar las que serán todo lo santas que las hagan oye, que ya digo que en eso no me meto, pero que a mí más que a santidad me huelen a semenánticas resecas, a culpas ancestrales horrorosas, y a tanta turbiedad, que sólo en el blanqueo resplandecen.

Ni es por supuesto tolerable que con ese tipo de chous gigantescos, que pintan igual que un macroconcierto de histórica figura de rock divina y vieja, pretendan ganar audiencia para tratar de tener sobre mi, ni de frente ni de pordebajillo, ningún tipo de derecho de pernada civil. Si no fuera así como es señores, lo vuelvo a decir, no me importaría en absoluto la rancia extravagancia de vuestros akelarres, por muy dudosa que sea la naturaleza de su perversidad. Yo hace tiempo que tengo asumido el derecho al disfrute de cualquier disciplina que sea querida de forma voluntaria. Sin embargo… Es todo lo contrario. Porque está ahí está ahí. Siempre está ahí esa manía que tenéis de andar metiendo vuestra puta inquisición en las vidas ajenas. Y la santificación del wojtyla lejos de ser lo que tenía que ser, cosa chamánica pura y simplemente y punto, no. Es muy otra cosa. Montáis la farsa ya con esas miras. Vosotros siempre sois finos hilando con vuestras devociones telas de araña pegajosas. Y en esta lográis entretejer con vieja maestría la condena eterna a sistemas caídos en desgracia con la glorificación del eterno abuso de sistemas falsamente llamados liberales, y usáis la espuma limpiadora del baño de masas para lavar vergüenzas levantadas por irreverentes, y la ejemplar vida del Santo para enseñarles lo que hay a obispos comunistas y a los que tienen ganas de cambiar el rollo de la iglesia desde dentro. Amén de soñar el sueño de revitalizar la fe (un poco perdida por el hábito del clero de andar echando mano al culo al monaguillo) para ver si es posible poder volver a usarla como cepo de herejes, castigo de costumbres libertinas, martillo del mariconeo seglar y aborto de derechos.
Por otra parte, tiene gracia asistir en presente a la génesis de una santificación tan magna para ver a través de ese espejo, cómo debieron ser las obras y milagros de las santificaciones que hicieron santos a los santos de los dos mil años de santa historia que tenéis, cubiertas ahora con la pátina del tiempo y sus leyendas que todo lo embellece y mistifica. Claro que no hacía falta más descrédito, ya había desmitificación bastante con el proceso de canonización, inconcluso todavía pero espérate y verás, de la Reina llamada la Católica. La muy… iba a decir puta, en nombre de los que mató, pero no, dios me libre de usar esa palabra en honor de tan santa profesión. Pelleja, vamos a llamarla, la muy pelleja. Una santa criatura que formó la inquisición (por cierto también santa desde su denominación de origen) y que quemó, cristianamente vivos, a dios tendría que saber cuantos miles de ciudadanos por el sencillo hecho de parecerle conveniente a su regio antojo y al del Santo Oficio. Amén de, debería saber Dios también, todo lo que en nombre de la cruz hizo su espada allá por las américas. Por eso empecé clamando, ¡Dios mío!, pero mejor lo dejo, porque está demostrado que el de todos… al menos no oye nada, y el de ellos… Lo que hace falta, ¡por Dios!, es que no resucite.

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14 feb 2011

Rollos matutinos 47


A usté ricamente

Austeridad. Es la pólitica palabra que toca soltar ahora en el ágora. En realidad es la misma vaina que aquella del ave implume de aquél bípedo clásico soltando su discurso pedante con el manto de la toga replegado sobre el brazo. Tanto el ágora como la palabra. Poco ha cambiado la esencia de la escena y los actores y el discurso, y desde luego debía de tener razón aquél con aquello de lo de la gallina implume por el cacareo que montan. Austeteteteridáaaa austeteteteridáaaa austeteteteridáaaa... Parece que acaben de poner un huevo sus señorías por ahí en algún nido de paja. El huevo ese que sea en verdad el primigenio del que después salga la gallina ideal dejando para siempre resuelto el insoluble misterio del principio del ciclo reiniciándolo de nuevo. Pero qué va. No hay huevo que valga. No son sino eso. Cacareo de cascarones. Huecos cacareos de yermas gallinas desplumadas, vestidas con corbatas tan caras e inútiles como auto obligatorias, con morro en vez de pico y con las uñas planas de habérselas pillado tantas veces con la tapa de la caja. Bueno, ahora que pienso en las corbatas... una cosa si ha cambiado. Que ahora hay políticas (mejor dicho, y con perdón, hay que evitar anfibologías, políticos hembras, porque políticas de verdad de verdad, ni las tienen los unos ni las otras). Pero eso, como es natural, no ha traído al gallinero si no es más de la misma gallinaza. Austeridad austeridad, proclaman cluecos. Ellos. Y ellas. Austeridad, decía ayer uno del Barranco que era lo que hacía falta y lo que iban a poner los suyos (es de los de los cerdos a los que ahora les toca gruñir por hambre de poder), en cuanto que ganaran, para remediar la crisis en la que estamos metidos por culpa de los otros. Ya está bien de derrochar. Austeridad, abanderaba. En una conversación de esas en las que te ves pillado en una reunión y maldita sea la gracia. Y yo busco mientras oigo su discurso cacaroso qué decirle. Cómo le explico yo las cosas, a él y de paso al Universo, de forma que no quepa ya más seguir artimañando espesuras de vanos argumentos para perder además del tiempo y la vergüenza la Verdad. La iglesia. Sí, mira. Por algo está ahí clavada en medio mitad de la mierdecilla de medina que es el pueblo iluminada con potentes focos en la noche como si la Alhambra fuera y no tuviera coste humano ni ecológico el desperdicio de la electricidad. La miro y pienso en la manía iglesizadora de cuando se construyó y compruebo otra vez la analogía de aquella burbuja de cambio de mezquitas por iglesias que tuvo por aquí el siglo XVI con el hacer y rehacer plazas y aceras del per de ahora, y al tiempo que alucino recreando los perfiles del personal técnico implicado en llevar a cabo la cosa pública de entonces y de hoy, cada uno con su forma especial de zorrería para ver como llevarse al plato el trozo de pastel que le pueda sacar con su currículo al sistema del momento, me digo que qué mejor modelo para conceptuar el Despilfarro que ese. La iglesia. No como institución amante de los niños y esas cosas que ha sido a lo largo de los siglos. No. Yo soy inescandalizable, y esas disipaciones no vienen al caso en estas cuentas. La iglesia como edificio. Como proyecto urbano con el cual. Y, en concreto, el dispendio al cielo que supone su iluminación monumental. Por si fuera poco la exageración del alumbrado de las calles. Porque ya no se trata de alumbrarnos para ver, sino de hacer la guerra a la Noche para acabar con ella por completo. Cualquier puto villorrio reluce prepotente a kilómetros. No queda ya sitio en el campo desde el que no se vea en el cielo nocturno resplandor artificial. Si alguien nos está mirando desde fuera debe de ser impresionante ver la prepotencia con la que tiramos el Planeta por la ventana los terrestres. Sí, qué mejor que la luz doméstica de este ejemplo cotidiano, la iluminación culturalistica de las vulgares iglesias pueblerinas, en regiones como esta en la que no hace tanto no sólo no la había ni en las casas sino que usábase quitarse el hambre con sopapos, para iluminar el rumbo global que tras haberse dedicado a atar con longanizas a los perros cuaja en la Crisis.
Aquí la pusieron los de los cerdos que ahora les toca estar hartos, contrarios a los de los ansiosos de poder del que ahora me venía gruñiendo con la mierda austera pinchada en el palo electoral como bandera de no sé qué argumentos torticeros. Pero en muchos otros sitios han sido los suyos los que gozando de la autoridad de poner se las han puesto. Porque este tipo de gastos a todos conforma en parecer más ricos. Fue unánime el orgasmo emocional de las comadres, llamándose las unas a las otras con fervor desde las terrazas al momento del ocaso el primer día en que se alumbró, ¡Maríaaaaaa!, ¡Maríaaaaa!, ¡mira que boníca ehtá la iglezia!, Azómate veráh, mira, qu’ehtá iluminá ¡t’oa enteríca! ¡Huy! ¡Hu! ¡Ah! ¡Oh!
Por tanto sé que no es éste argumento que vaya a valer para nada con mi interlocutor para interlocutar sobre cómo aplicar austeridades. A pesar de ser la mejor ilustración del mal de fondo del Mar por el que va la Nave. Pero ni este ni ninguno en favor de ningún orden que ordene el gasto de verdad. Porque en realidad nada tiene que ver con lo austero el sentir que él trata de agitarnos. Ni está basada la crítica de su razón en promover mejoras de ningún tipo de servicio, sino sólo en llevarle a usté ricamente a su talego. Y, como en cuanto a poder entre la Piara, la austeridad concreta no sólo no da sino que quita, no hay que ser tonto para saber que nada más lejos de esta banda neoaustera que andar quitando precisamente los gastos tontos que puedan ser golosina de la masa. No obstante se lo suelto, porque es ilustrativo y porque la reacción de su personaje puede servirnos para iluminar la base de la pirámide brutal de desatinos que forma el edificio de la Administración: Y entonces, vosotros, ¿vais a desalumbrar la iglesia y a reducir por fin a la mitad las farolas de las calles?, habría que bajar también la intensidad pasada cierta hora, que ya está bien de andar jodiendo al Planeta con consumos sin razón quitándonos encima la simple felicidad que da la contemplación de las estrellas. Él me mira unos segundos con el gesto torcido y congelao como diciendo, y este puto colgao, que lo que es es además de soplapollas un blasfemo, a qué viene ahora con esto, y enseguida espurrunea no sé cuántas argumentaciones exaltando la irrenunciable tradicionalidad del hecho religioso y el respeto debido a la mayoría de la gente respetable, que son los que trabajan, proclamando qué nunca será poca la luz que se invierta en hacerles la noche menos negra a los que tan putas l’han pasao en toa’su puta vida aunque no salgan jamás de sus casas después de que oscurezca, que la verdadera gente del campo no tiene ninguna necesidad de andar mirando a las estrellas como tontos y que también tienen derecho a las comodidades los que sólo penurrias han tenido, y que hay que ver que siempre tengan que andar los de mi condición jodiendo la marrana en contra del progreso y del desarrollo como si les molestara.
O sea, que, ciertamente, además de para dejar claro que, aunque hace falta ser tonto, sin dilapidación no hay sensación de bienestar que valga, y que no debe de haber muchos como yo, tan tonto como para ser feliz mirando a las estrellas, usar los reflectores de la iglesia de la aldea para contrastar la sombra que proyecta sobre el futuro de la Especie la ininterrupción del crecimiento, me ha servido para dejar a usté ricamente claro que aquí dejar de gastar en tonterías de unos y de otros no lo va a dejar de hacer nadie ni nadie quiere que se deje de gastar precisamente en esa chuminada que le pone, pero que sin embargo, y pese a que hasta que no llegue la hecatombe económica total el gasto tonto va a seguir para el general contento de los pringaos que encima lo pagan y trabajan creyéndose así más felices y realizados, a usté ricamente, y a él y a ti y a ellos y a vosotros y a todo el que no ande listo de escaparse como pueda, sí nos va a tocar jodernos en lo que más nos debería doler, que es trabajar más pero por menos que ayer, y menos pero por más que mañana, para eso.
Lo que por un lado parece irremediable y por otro no está del todo mal para ver si espabilamos.

Por fin me quedo un rato pensando sí plantear a mi interlocutor aquí, aunque sólo sea por ver si es capaz, aunque sea un poco, de pensar que si ha pensado al menos una vez, para ver en toda su mandanga el tema que debate, en la tremenda paradoja que encierra en sí el propio Sistema que habitamos que hace que, si al final se hiciera, o se hiciese, cierto, el milagro del ahorro de no gastar ni hacer más que lo que en verdad fuera o fuese necesario que se hiciera y esto, en lugar de chapucearlo, hacerlo bien hecho y de una vez por todas como es verdad que hace falta que se haga, el paro aumentaría de inmediato en estricta relación proporcional al monto de ahorro conseguido, dejando patente el absurdo de que el no tener que hacer todo ese trabajo innecesario que se hace poniendo los recurso al borde del colapso traería de momento susto y desgracia como para parar el carro. Porque la armonía del Orden Social Establecido, además de ser obra de locos, es como el equilibrio en una bicicleta, que no se puede mantener si no es yendo p’alante sin parar. Y si te paras y no pones el pie te pegas el guarrazo. Y como lo de poner aquí pie que cambie el rollo éste le dejo otra vez a usté ricamente claro que no lo va a poner ni dios porque ni dios está dispuesto a quitarlo del pedal y echarlo a tierra, pues, dado que enfrente desde luego se acaba el camino en el abismo, a lo mejor tiene razón el corral de próceres bípedos que en el agora del ágora a usté ricamente cacarean, porque resulta que en la escena dada sólo queda eso por hacer, cacarear cacareando, como el gallo de Morón, sin haber puesto el huevo, cada vez con menos plumas y con las neuronas propias de su austérica mente.


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19 dic 2010

Rollos matutinos 46



Limtónic


A veces lo hago sin pensar, pero otras veces me recreo en la riqueza que supone. El cortar la rodajita de lima. Para echársela al vaso con la tónica y el hielo. Hace ya mucho que no bebo y ponerme una tónica por las noches me da no sé qué regusto de beber algo que entona, con el clinquirinclin sugerente del hielo contra el cristal del vaso. Y la rodajita de lima, traída con presteza para mí desde algún lejano lugar de Sudamérica, más que darle el toque sibilino de sabor tropical que le da, como que le pone al vaso el punto que necesita, para parecer más copa o lo que sea. Y a veces lo hago sin pensar. Lo de cortar la rodajita. Pero otras me regodeo en el lujo que eso me supone. Y en la energía vital que exige ese traslado. Y me figuro mientras lo hago al malasalariado que ha recogido precisamente ese verde fruto mío en un campo tropical concreto y a todos los que me lo han ido acercando a través de medio planeta, recreándome es sus posibles personajes y los de sus proles y amores y amigos y enemigos engarzados como en una baraja de existencias. La escala abarca todo tipo de clases. Puedo por ejemplo centrarme en los braceros y otros elementos pertenecientes al sector de peones campesinos. El patrón. Los capataces. Al fin, aunque sin duda con ínfulas de mando, tan cutres muertos de hambre como ellos. O en el transportista camionero que atraviese carreteras perdidas por la selvas, quizás también conjugando en su camión mi lima con rollos cocaleros, por qué no, a lo mejor incluso del sector de negocio de la DEA, y con alguna o¿ene?gé de tráfico de armas pacifistas que sirva de perfecto interconector. O en el que carga y descarga las cajas en las grupas de ambos lados. Y así hasta llegar al pobre chaval de empleo precario y futuro en crisis, más perdido que el lucero del alba, que no sabe al despuntar si es de día o de noche, que me lo pone en los estantes del Alcampo. Este último eslabón de la cadena se suele cubrir con autóctonos de barrios periféricos y, cada vez más, con manos de obra baratas de origen emigrante, que llegan hasta aquí importadas por un tubo por el efecto suctor que generan los frutos de las limas y las vainas al abarrotar los mercados de nuestro bienestar, para que en el final no falte quien me las ponga a mano para que yo las coja. De una en una o de a dos como mucho. Porque no es cosa de gastar más que unos céntimos, y las rajas con las que me agasajo son tan finas que con una pieza tengo para un montón de noches y de tónicas. Pero también puedo pensar en los agentes de nivel más alto del reparto de este grupo raptor que consigue traerme encajado al exótico limón que ahora corto en rodajas, desde su cálida rama a mi bien surtido frigorífico. Ese piloto de avión al que le aburre ya estar saltando supersónico siempre encima del mismo océano. O ese accionista de vete a saber donde que ha metido con un clic de ratón su pela sin color en esa actividad de la que sólo sabe su rentabilidad segura, poniendo a vibrar con sus ganas de ganar sin hacer nada el frenesí de cuantos que hace posible la magia de que yo tenga ahora aquí la concreción del cítrico en mis manos, y corte la rodaja y la ponga en la copa sin alcohol dando un poco de gusto sugestivo a mi felicidad en el fondo un poco sosa. Sintiéndome por un instante el más rico del mundo, con toda esa labor currando para mi tonto detallito. Y diciéndome de pronto que tal vez sería interesante poner este flash que me ha dado el corte ácido del redondo objeto de mercado por escrito, por si pudiera tener algún tipo de interés trascendental, o lo que sea, para la cognición global o para su puta madre.

La foto es de un envoltorio de caramelo, de la marca Maoam, que está levantando ampollas en padres europeos que lo tachan de pornografía dirigida a los niños. En fin, tú mismo.

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2 dic 2010

Rollos matutinos 45



Fotografías


Hoy ha sido un día de puta burocracia. La burocracia siempre me resulta puta. La de hoy ha sido en los juzgados, que son un sitio que en lo moral tienen como los hospitales en lo físico ese olor extraño a hez, de lugar poco recomendable para la salud. Por eso tienen esa pátina enfermiza en la tez los médicos y los abogados. En realidad era mi tronco el que tenía que preguntar sobre los trámites del trámite de su nacionalización en el registro civil (dice mucho que esté metido en el mismo saco lo de los registros civiles y la cosa de la judicatura), y yo no he entrado ni siquiera. Me daba pereza tener que pasar el control ese del arco detector de posibles armas terroristas y el escáner mira macutos en busca de lo mismo, que son consustanciales a las puertas de estos sitios. Así que me he quedado fuera esperándole a que él acabara de hacer cola. Siempre están estos malditos sitios plagados de gente que hace cola. Como el mostrador del registro está justo al entrar, y no hay muros opacos que cierren la vista al interior, veía a mi colega desde mi puesto de espera en la entrada. Le quedaba media hora por lo menos. Y a mí más de lo mismo. Así que me he dedicado a hacer fotografías para alegrar el muermo. Sin cámara. La primera ha sido la del guardia civil al lado del escáner y del arco busca armas terroristas. Era un ser anodino y cincuentón vestido con el uniforme verde pardo que todos conocemos, con un aburrimiento encima de los que ya ni siquiera parece que le pesen a uno, pero que en realidad le tenían apagado hasta el tono pardo del uniforme verde. Hay momentos en la vida en los que ya no hay ilusión ni para aburrirse, he constatado. Debía estar ya cerca de la jubilación. Toda una existencia dedicada al cuerpo había pasado por él. No tenía duda de que mejor estar allí que haciendo servicios por las calles. Desde mi puesto podía meter el objetivo de la mirada a lo largo del amplio espacio interior, hasta la entrada a las salas de los juicios que lo cerraban con un par de puertas en la pared del fondo, donde se apelotonaba un pelotón de gente esperando la triste circunstancia de que los jueces dispusieran que era el momento de disponer a ver qué disponían con sus dramas. Aún de lejos se podía oler la angustia nerviosa del momento mezclada con el sopor que siempre tienen las esperas, largas y tensas en asuntos judiciales por definición. Sin embargo, pese al nerviosismo y la inquietud que lógicamente les tenía el culo inquieto, se forzaban en forzarse a estar tranquilos. Sólo cuando en vez en cuando aparecía un ujier en una de las puerta saltaba un revuelo de atención entre la parada espera de los desesperados esperantes. Entonces, los que tenían la orden de pasar al circo justiciero pasaban, y el resto seguía esperando otra vez sumidos en la falsa tranquilidad que trata de imponerse el que sabe que la cosa va pa’largo. Algo pasaba allí que el Tiempo, como el polvo, parecía retenerse por unas leyes físicas sólo vigentes en la particularidad del interior del edificio. Pensé lo que debía de ser trabajar todos los días en ese agujero negro donde ni siquiera la luz de la verdad podía escapar a la gravedad de la justicia y me dio un escalofrío por la espalda. Salió de dentro un grupo, sin duda familiar, que se puso a mi lado y encendieron cigarrillos. Eran tres. Una mujer con pinta de ama de casa de baja economía y alto estrés nervioso, en la segunda mitad de sus cuarenta, y dos en plena juventud pero también de fábrica vulgar. Un tío y una tía. Todos se pusieron a fumar con ansia nicotínica. No se podía saber si eran hijo y nuera o madre y yerno o tía y sobrinos o nada de eso. Pero los lazos de unión debían de ser sin duda familiares. “Ella lo que quiere eh quedarse con la niña, que tiene vintisiete meses y qu’ha sío ella la que la críao- decía la figura materna entre caladas rápidas y ansiosas-, que con el niño no se puede quedá porqu’ha pasao ya cuatro veces por el hospital y no puede ella hacerse cargo de tanto, que eso lo tienen ellos que comprendé. Y eso eh lo que le tenemoh que decí ar jué ahora cuando noh pregunte a nozotroh... que ella con la niña se tiene que quedá, que eh zuya...” Los otros dos fuman y asienten con frases cortas de confirmación la declaración inquebrantable que se están repasando. Al otro lado del amplio soportal de entrada, de estilo lineal y posmoderno, del cúbico edificio de ejecución barata con presupuesto hinchado, y alta escalinata de lado a lado del ancho total de la fachada, salen otros también a fumar y hacer algo que les distraiga un poco para volver a entrar adentro a esperar que les llegue las vistas de sus causas. De esos no me llegan rumores de sus preocupaciones y sus aspectos son tan del montón que ni siquiera impresionan la película de mi imaginación. Poco más hay que observar siquiera. Mi tronco sigue aún esperando su turno y le faltan todavía varios cuerpos para llegar a llegar al mostrador. Hasta el tedio se hace sentir mediocre de repente. Miro desde arriba la placita de la calle a la que da la escalinata, que por su nueva construcción podría ser la de cualquier ciudad de no ser por una callecita que sale a mano derecha y que aún conserva las casas pequeñas que un día formaron el barrio pobre del pueblo pescador. De pronto llega un coche de la policía que aparca al pie del centro de la escalinata. De él se baja de inmediato un maniquí de ultima generación de maderillo, que con movimientos rápidos y uniforme flamante, a medida y replanchado, abre la puerta de atrás para que salga un reo. El chaval es un chulo que se sabe guapo, con el pelo bien cortado a cepillo y aire bueno de malo, que desde que pone el pie en el suelo lo hace con aplomo remarcando dignidad todo lo que puede, paquete y culazo marinero, músculos macizos de curvas suaves en camiseta y vaqueros como guantes, sube la escalinata como un dios esposado con las manos por delante mostrando su presencia tranquilo como en una pasarela, con la cabeza muy alta y un aire indiscutible de desprecio por todo lo que pueda ponerlo en entredicho, al agente le azoga el papel que le toca e intenta trás él apresurarlo con nerviosismo enclenque, pero es el detenido el que en verdad le marca el ritmo de su triunfal entrada como protagonista. Enseguida se ha perdido conducido por las escaleras que llevan al segundo piso, pero su paso ha dejado algo puro como un destello de luz en un charco de lodo. Sería un buen argumento que el juez que lo condena se estuviera haciendo pajas con él la vida entera, mientras que sus hijos estudian en un colegio concertado, religioso y bilingüe, con el dinero que le reporta la actividad que le castiga. Por fin sale mi tronco y dice que no es allí donde hay que hacer la entrega de todo el papelorio, sino en el ayuntamiento del Barranco, que luego ellos se lo mandarán allí. La burocracia es simplemente algo que no puede ser simple por cuestión de reglamento. Salimos y nos vamos camino de la playa. Paramos en un bar que ponen buenas tapas. Nos ponen cuatro pescados de a cuarta con un par de cervezas. En el bar no hay casi nadie. Solo nosotros y un tipo terronero carrocilla y triponcete con cara de haberle dado en su vida mucho al vino, que se está metiendo un campanazo de tinto en copa alta con un plato de callos, repantingado encima de un taburete a mi lado con mucha parsimonia. Está metido en conversación con los dos camareros de la barra, de veintipocos uno y de treinta y algo el otro. El tema era sobre las calles del pueblo. Que no están en condiciones, que tienen muchos agujeros, que no podía ser así tener calidad en el turismo, que hay que ver que no sirven de nada todo el personal de los ayuntamientos. El diálogo es en ese tono en el que las dos partes están totalmente de acuerdo y sólo se habla para añadir más leña a lo que ha dicho el que ha acabado de hablar. El camarero más joven dijo mientras repasaba con energía un trozo de barra con un trapo: "pues el otro día se la tiré bien al alcalde, le dije, ¡hace falta un tanque para andar por las calles!, así se lo solté, sí hombre sí, que piense lo que quiera". Y yo me dije que qué ejemplo tan vivo de ejemplar joven de abundius sumisus operario, siempre tan temerosos de ofender a su destino de humildes servidores. Después siguieron hablando de que todo era una mierda y un engaño, como eso de que a ese, que tenía una paga por algo que tenía en el corazón, le hubieran puesto de protección civil haciendo guardia por las playas. Qué iba a pasar si un día tenía que salvar a alguien que se estuviera ahogando y le daba un ataque a él. Cómo iba a ser eso. Hombre por dios. Además tenía ya más de cincuenta años. Con toda la gente joven que hay en el paro, ponerle a él, en un puesto así, que encima está cobrando por inútil, ¿no es eso una vergüenza? Pues así pasa con todo. Pues eso es. Pues eso. “Pues el otro día- dice el camarero joven-, creo que uno le dijo que cómo podía él estar ahí con tantos años y creo que contestó que eso era igual, que el estaba más fuerte que muchos jóvenes, y eso que está el tío cobrando una pensión.” “Pero cómo va a ser iguá- dice el cliente del vino desde su repantingue, hablando y masticando con pachorra-. ¡Cómo voy a ser igual yo que tú, que tienes la polla to’l día pegá al pecho, que a ca’trallazo que te mete cuando intentas aseparartela te jace un hematoma!” Me sorprendió la palabra hematoma en ese contexto, soltada por una boca tan encallecida. El camarero joven ríe la gracia un poco turbado pero acariciándose secretamente el regocijo de estar en la sazón de la dureza adulada por el tarra picardón. El otro, mientras se rasca y pellizquea con largueza la entrepierna, con mano inconsciente pero precisa y conectada al intelecto, asiente diciendo algo así como que no hay derecho a que le den esos trabajos a gente que no está en condiciones habiendo otros que están hasta que mucho mejor preparaos que él. Al cliente, el aludir al duro objeto productor de hematomas juveniles le ha calentado cierto resorte antiguo en la cabeza y repite la gracia para saborearla una segunda vez, “cómo va a ser. ¿Cómo va a ser lo mimhmo, hombre?, que un chaval de veinte años que la tiene pegá al pecho tol día que no para de jacerse hematomas.” Sí, otra vez con hematomas. Y enseguida, en cuanto que los otros cumplen su papel en la escena con un par de cortos comentarios, lo vuelve a repetir, esta vez poniendo la dureza del pijo en el pecho de su hijo, contando que era como el otro día que iba con él por la calle y un conocido que se encontraron les dijo, estás tan joven como él. “Cómo va a ser- dijo con la boca llena de callos-, Cómo va a ser igual yo que él con veinte años, que tiene el pecho lleno de hematomas y yo... si es que me los hago en algún sitio será en los muslos. Cómo va a ser que me vengan a mí con que...” Y a mí me llamó más la atención la obsesión del tío con el término hematoma, que verle el gustillo que sacaba de soltar por su boca, entre los callos, a todo el que le oyera, el tibio encandilamiento que le producía figurar los perdidos trallazos de esas jóvenes vergas pegadas a los pechos henchidos de potencia semental de forma cuasi dolorosa. Por fin se cortó de seguir con ese palo y cerró la faena del discurso rebañándose lo último del plato de los callos con un migajón de pan y dándonos una explicación de qué era lo que en verdad pasaba en esta vida. “Esto en una piara de guarros- dijo plantando en el lado de su izquierda la copa que había vaciado hacía un momento-. Y esto es otra piara igual que la otra pero en otra cochiquera. Todos los cerdos son iguales- siguió diciendo mientras plantaba al otro lado la copa llena de vino que le acababan de poner-. A estos- dijo señalando a una-, les echan de comer todos los días tres o cuatro veces todo lo que pidan. Pa que lo tengan sobrao. Y a estos otros no les echan na más que si acaso una vez a la semana. Estos están to’l día callandico y no se les siente decir esta boca es mía. Y estos sin embargo están to’l día gruñendo y no se están quietos ni un momento y si un caso llegan hasta a comerse los unos a los otros. Ahora coges y sin cambiar los guarros cambias la política. A estos les hartas de comer y a los otros les dejas a dos velas. ¿Que es lo que pasa? Que los que gruñían se quedan tranquilicos y los que estaban tranquilicos no paran de gruñí. Pues así es to y así son los políticos. No hay más secreto que ese.” Sentenció el tío con todo su cuajo, sin haberse movido un milímetro de su repanchingue en la banqueta.
Los camareros reían la gracia mientras nos cobraban, con un así es sí señor y qué bien clarito que está ahí todo explicao, y nosotros nos fuimos dejándolos allí, en la gran palestra de la filosofía que es el mundo de las barras, espejo gráfico de lo que es la vida, donde cada cual juega como una ficha en el lado que le corresponde, según las sociales circunstancias, y el tipo de hematomas, que el tiempo hijo de puta tenga a bien marcarles en el momento inapelable del destino que es la sucesión del cruce del aquí con el ahora.

La foto es de un tío que encontré por casualidad y que se llama Vladimir Artazov, genial. Busca en la ré verás.

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